¿Es mejor beber de la fuente o ser la propia fuente?

¿Es mejor beber de la fuente o ser la propia fuente?

Por Departamento Web

¿Usted tiene sed de qué? ¿Un coche nuevo? ¿Un matrimonio sin peleas? ¿Una cura para una enfermedad?

Es natural que nosotros, seres humanos, deseemos bendiciones como esas. Pero ¿usted ya notó que esas conquistas solo sacian problemas de esta vida terrenal? Por ejemplo, si usted adquiere la casa de sus sueños, después de algún tiempo esta podrá dejar de ser tan atractiva ante sus ojos, como lo es hoy.

La verdad es que todo lo que se relaciona con este mundo pierde su valor con el tiempo. Pero el Señor Jesús vino a la humanidad para ofrecer algo perpetuo: la oportunidad de que la persona se vuelva una “fuente de agua viva”. Es decir, además de que usted se convierta en la propia bendición, por medio de su existencia, Dios puede bendecir a otras personas. Usted se convertirá como una lámpara conectada a la energía, la cual trae luz para un ambiente en tinieblas (Mateo 5:14).

Nosotros podemos comprender mejor esa propuesta cuando analizamos a detalle el pasaje bíblico que registra el diálogo entre el Señor Jesús y la mujer samaritana en el capítulo 4, del evangelio de Juan. Inicialmente, leemos que era necesario que Cristo pasara por un territorio llamado Samaria, que estaba al norte de Jerusalén. Esa necesidad existía porque, en ese lugar, Él quería cumplir una voluntad Divina: conversar con una mujer que recogía agua en el pozo de Jacob. Pues, por medio de ese diálogo, Él podría dejarnos una explicación sobre Su misión aquí en la Tierra.

En la narración, el Señor Jesús, sentado cerca del pozo, pide que la samaritana le dé un poco de agua. A la mujer le extraña el pedido, porque los judíos no se relacionaban con los samaritanos (Juan 4:7-9). Aquí es donde surge nuestra primera enseñanza: “Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es El que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y Él te daría agua viva. […] Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed (refiriéndose al agua del pozo); mas el que bebiere del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que Yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:10-14).

En ese momento, el Señor Jesús cambia el sentido de la conversación de una sed material a una sed “espiritual”, expresando cuál es Su deseo principal para nuestra vida: conceder algo que es eterno, mucho más importante que nuestros ojos carnales y limitados logran ver (Mateo 13:44).

Pero, hasta aquel instante, la mujer aún no había comprendido lo que Cristo le había presentado e insiste en mantener el diálogo en el plano terrenal, interesándose por una “bendición material”, por lo tanto, pasajera: “La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla” (Juan 4:15).

Ante esta ceguera, el Señor Jesús penetra en lo más profundo de aquella alma y la alerta sobre su condición espiritual, de tal manera que solamente Dios podría hacerlo: “Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá” (Juan 4:16). Como omnisciente, Él sabía que ella no estaba casada y vivía de manera irregular con un hombre, revelando así su pecado. Entonces, le concede a aquella mujer una oportunidad de cambiar.

Al contrario de lo que, normalmente, sucede con alguien que tiene sus errores revelados, la mujer no se defiende y reconoce su situación. En seguida, ella desea saber dónde podría enmendarse —en el monte de sus ancestros o en Jerusalén, donde los judíos se presentaban al Altísimo. Aquí es donde recibimos la segunda enseñanza: el agua viva es concedida solamente para los que son conscientes de su sed espiritual. Es necesario el arrepentimiento de vivir lejos de la voluntad Divina y presentar un deseo de reconciliación.

Entonces, el Señor Jesús nos deja otra lección: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23-24).

En otras palabras, Él aclara que por medio de Su revelación al mundo y tras Su sacrificio en la cruz, la verdadera adoración ocurrirá en nuestro interior, con sinceridad. No por medio de ritos religiosos, sino por medio de una fe racional. La confirmación “Dios es Espíritu” indica que la relación empieza a ser de “Espíritu” a “espíritu”. Es por eso que Él nos envía al Dios Espíritu Santo para habitar dentro de nosotros (1 Corintios 6:19).

Entienda que para Dios no es suficiente curarlo o prosperarlo, Él quiere hacer de usted una nueva criatura, una fuente rebosante por la Vida Eterna. Su deseo es bautizarlo con el Espíritu Santo. Hacer de usted la propia bendición (Génesis 12:2).

Si usted desea beber esa agua espiritual, no pierda tiempo y preséntese ante Dios. No necesita usar palabras bonitas en su oración. Todo lo que Él quiere es un diálogo sincero.

   

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