«Busqué ayuda en el único Juez Justo y obtuve mi libertad»

«Busqué ayuda en el único Juez Justo y obtuve mi libertad»

Por Departamento Web

«Envió, pues, por él, y le hizo entrar […] Entonces el Señor dijo: Levántate y úngelo, porque éste es.» (1 Samuel 16:12)

David era el hijo menor de Isaí. A pesar de que sufría el desprecio de su familia, era capaz de pelear con el depredador más fuerte con tal de defender a sus ovejas. Por eso, el Señor vio en él algo más que la apariencia: su corazón. Dios notó que David era un ser muy valioso, por eso lo consagró para que se convirtiera en rey.

Él hace de los despreciados los más valientes guerreros, tal es el caso de la señora Argelia, quien nos cuenta su historia: «Como muchos, he pasado terribles momentos: enfermedades, males espirituales y la destrucción de mi matrimonio. No obstante, toqué fondo por otra razón.
Sin haber cometido algún delito, estuve encarcelada. Aunque mi mente se cerró y me sentía en una pesadilla, al llegar al Reclusorio dije “entra mi cuerpo, pero no mi alma”.

Pero eso no fue suficiente para evitar que me destruyera, me hacían sentir peor que basura, no veía salida y viví cosas muy feas. Sin embargo, un día vino a mi mente una palabra de Dios que me invitaba a no temer.

Decidida a luchar por mi libertad, no acepté esa condena injusta. “No pertenezco aquí, no lo merezco”, dije venciendo las voces en mi interior que me invitaban a desistir. En los juzgados hablaba sin miedo, siempre con la verdad. Pero, cuando me dictaron sentencia, supe que debía llamar la atención del único Juez Justo.

Ante la insistencia de mis compañeras de que no lo hiciera, pues me buscaría un problema de salud, el cual no pasó, hice un ayuno de tres días mientras oraba día y noche. Así perdoné a quien me acusaba. Mientras yo trabajaba por mi libertad adentro y mi familia afuera, juntos, en equipo, logramos que meses después me dijeran: “Argelia Palma tome sus cosas, sale libre hoy sin cargos”. Todos vieron la gloria del Señor.

Ahora soy inmensamente feliz, no tengo antecedentes penales, trabajo con la UEC México llevando la Palabra de Dios a los reclusos, a sus familias, y comparto mi experiencia con ellos.

El Señor no tiene un lugar específico para darnos su Espíritu, yo lo recibí estando prisionera. Toda la tristeza, el odio y el rencor se transformaron en paz, tranquilidad, armonía. Él me dio la fe para defenderme, yo la usé y obtuve mi libertad en todos los sentidos.»

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