¿Fuerte o débil?

¿Fuerte o débil?

Por Redacción Periódico

“El mundo es de los fuertes” es una conocida frase que muchas personas dicen cuando están en apuros.

Viéndolo desde una perspectiva realista, esta frase podría ser 100 por ciento cierta si comparamos las diferencias que tienen estos dos adjetivos.

Mientras una persona débil duda, retrocede, espera, añora el pasado, se desanima, reclama, abandona todo, huye, siempre tiene una excusa, guarda rencor y cualquier problema, por mínimo que sea, es grande.

El fuerte es todo lo contrario: actúa, sacrifica, en todos lados ve una oportunidad de vencer, invierte, mira hacia adelante, confía en sí mismo, determina, avanza, persevera y lucha porque sabe que cualquier problema es pequeño comparado con el Dios en el que cree.

Así que, eres débil o eres fuerte, no hay de otra. Analiza cada punto y proponte ser diferente, pues mientras no cambies tu condición, el Señor no cambiará tu situación.

No en vano la Palabra de Dios nos recuerda, “…diga el débil: Fuerte soy” (Joel 3:10).

 

El tipo de cáncer que ella tenía era muy agresivo

 

Lorena Bermúdez

Fui diagnosticada con cáncer en la tiroides, uno de los más agresivos y ya me había invadido todo el cuello. Para los médicos fue una lucha intensa y muy desgastante que yo estuviera bien, prácticamente era un caso imposible de solucionarse. De hecho, aunque me sometieron a una cirugía para extraerme la tiroides y 12 nódulos cancerígenos, pero podría recaer en la enfermedad.

Dolores de cabeza en un solo lado, escalofrío, dolor de articulaciones, no poder comer ni dormir bien eran algunos de los síntomas que tenía. Busqué ayuda en muchos lados, pero no la encontré. Harta de estudios, tratamientos y que no hubiera solución, decidí darle una oportunidad a Dios para revertir esa situación. Por eso no dudé en aceptar la invitación para venir a la Universal.

Ese primer día que fui, aunque los problemas seguían, parecía como si todo empezara a tomar forma. De inicio, tuve paz y, posteriormente, fui viendo cambios positivos en mi salud. Sabía que no debía de dejar de ir porque recibiría, por mi fe, un milagro. Debo admitir que el camino hacia él no fue fácil, requirió determinación, perseverancia y confianza, pero lo logré.

Hoy, después de haberme sometido a estudios y tratamientos para comprobarlo, estoy limpia del cáncer. No queda rastro de esa terrible enfermedad que tanto me hizo sufrir. Si ahora lloro es de alegría y agradecimiento a mi Señor Jesús por permitirme vivir y por tantas bondades. ¡Él fue mi última puerta!”.

 

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