No es una gran parte, es todo

No es una gran parte, es todo

Por Social Media

¿Sabe qué es lo que Dios quiere de usted para transformar su historia? Toda su vida. Eso fue lo que explicó el obispo Franklin Sanches el pasado 11 de julio, durante el Santo Culto. Que se entregue a Él de cuerpo, alma y espíritu. Ese es el precio: entregar su querer, perdonar, negar lo que no va de acuerdo con Dios.

Sin embargo, quienes no hacen eso, no logran ser transformados. «Pueden ser bendecidos, porque la fe siempre nos hace conquistar. Pero esa fe tiene que usarse para la salvación. Lo que Dios quiere no es darle solo una bendición, sino que sea la bendición», refirió.

Aquello fue lo que Jacob entendió cuando fue al Vado Jaboc. «Ya se ha dicho mucho, pero es importante, él se vació de todo y todos porque quería empezar una nueva historia. No fue por un intento, sino para darle fin a aquella vida pasada. Si en ese momento no tomaba esa decisión, moriría a manos de su hermano», dijo.

También detalló que, lamentablemente, las personas no toman dicha decisión de entregarse totalmente a Jesucristo. No se sienten preparadas o lo postergan porque creen que tienen tiempo. Pero no pueden olvidar que la muerte no avisa. No obstante, quien entiende que no hay tiempo, se decide.

Al hacer eso, en cuestión de horas, Dios transformó a Jacob y lo libró de su hermano, Esaú. De la misma manera, en el momento que usted decide entregarse y obedecer la Palabra de Jesús, el Espíritu Santo empieza a obrar en usted. Esa elección no depende de nadie.

Pero ¿qué sucede con quien no da todo de sí para Dios? La respuesta está en el caso del joven rico que aparece en Marcos 10:17-22. Él le dijo al Señor Jesús: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Marcos 10:17).

Con base en lo anterior, el obispo Franklin explicó que aquel joven estaba acostumbrado a heredar. Por eso quería lo mismo con respecto a la vida eterna. Pero esta última no se hereda: «Nadie nace salvo o no salvo, no hay predestinación. En realidad, la salvación se conquista. Cuando Cristo le dijo que dejara todas sus riquezas, el joven se fue triste. Con esta acción reveló que su corazón nunca estuvo en el Señor, sino en lo que poseía. Para él, sus bienes eran su dios. No estaba dispuesto a dejar a su dios para buscar al Único Dios».

Hoy, para muchos, no solo son las cosas, sino también las personas son su dios. No podemos permitir que nada esté entre nosotros y Jesús. Por eso el Señor le dijo al muchacho: «ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme» (Marcos 10:21), para que se desprendiera de todo lo que lo separaba de Dios.

Eso no significa que sea malo prosperar. Pero esa prosperidad no puede alejarlo, sino acercarlo más a Él.

Quien decide no apegarse a nada y realmente asume su fe en Jesús, el Espíritu Santo viene sobre él y le transforma en ese instante. Además, recibe 100 veces más en esta vida (lea Marcos 10:29-30), pero sobre todo en la eterna.

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