El valor de saber cuál es nuestro lugar

El valor de saber cuál es nuestro lugar

Por Departamento Web 2

La mayor demostración de respeto que le puedes dar a alguien es saber cuál es tu lugar con respecto a él o ella. Por ejemplo, un hijo solo muestra que respeta a su padre cuando permanece en la posición de hijo. A final de cuentas, es extraño ver a un hijo dándole órdenes a su padre, ¿no es así? Cuando eso sucede, se constata, por lo menos, que el hijo es mimado e irrespetuoso. Con respecto a Dios no es diferente. Él es el Creador, entonces, deberíamos reconocer que Él sabe de todas las cosas y que nuestra posición es confiar en Su cuidado.

No obstante, a pesar de que sabemos que Dios es soberano e incluso decimos que Él es el Señor de nuestra vida, en la práctica dejamos mucho que desear en los detalles que demuestran nuestro reconocimiento de Su soberanía. Al querer las cosas a nuestra manera, por ejemplo, salimos de la posición de siervos y, sin darnos cuenta, intentamos darle «órdenes» a Dios.

Reconociendo tu lugar

Es imposible conocer a Dios y no colocarse en la posición de siervo Suyo, precisamente por reconocer que Él sabe lo que es mejor para nosotros. Juan el Bautista, por ejemplo, que fue enviado por Dios para preparar el camino del Señor Jesús, siempre supo cuál era su lugar. Es tan hermoso de parte de Dios usar a un siervo Suyo y que ese siervo sea respetuoso, flexible; un siervo que no considera estar por encima de Dios. Juan el Bautista se colocó en su lugar de siervo honrando y glorificando al Señor Jesús. Es decir, Dios solo usa a los siervos que están despojados de su orgullo y de su autosuficiencia.

La humildad de Juan el Bautista estaba tan presente en su misión que, con respecto a Jesús, él se aseguró de que quedara registrado que era necesario que Jesús creciera y que él disminuyera (Juan 3:30). Mientras tanto, el propio Señor Jesús reconoció públicamente que Juan el Bautista era mucho más que un profeta y que, entre los nacidos de las mujeres, no hubo mayor profeta que él (lee Lucas 7:26-28).

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Obediencia

A veces confundimos la libertad de compartirle nuestra necesidad a Dios con la de decirle cómo es que Él debería actuar. María vivió algo semejante durante la boda de Caná de Galilea. Al ser informada de que el vino servido en la fiesta se había acabado, María se lo comunicó al Señor Jesús como si Él tuviera que hacer algo. Pero, ante la respuesta del Señor Jesús, María entendió cómo debía posicionarse: «Y Jesús le dijo: “Mujer, ¿qué nos va a ti y a Mí en esto? Todavía no ha llegado Mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que Él os diga”» (Juan 2:4-5).

En otras palabras, lo que María quiso decir fue: «Él va a decir lo que se tiene que hacer y ya no tendré que preocuparme. Ya estoy en mi lugar». El resultado fue el milagro de la transformación del agua en vino, y no de cualquier vino, sino el mejor.

La manera en que reaccionamos cuando Dios no hace algo a nuestra manera revela si de verdad Lo respetamos. Todos nosotros, a veces, actuamos como una persona que quiere las cosas a su manera. Y Dios no se somete a nuestro modo, esa es la verdad. Él respeta cuando tenemos nuestras opiniones, voluntades, deseos y elecciones; pero también debemos respetar Su voluntad, Su hora y Su manera. A veces las cosas no han ocurrido aún como te gustaría que sucedieran porque quieres imponer tu voluntad. Por lo tanto, recuerda colocarte en tu lugar y obedecer.

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