Pérdida

Pérdida

Por Departamento Web

La primera vez que fui a un entierro fue cuando mi abuelo materno murió. Mi abuelo era la alegría de la casa, el amigo de todos, amaba hacer el bien a las personas y temía mucho a Dios. Siempre que podía, llevaba a los nietos a pasear, aún en lugares que no tenían nada que ver con él, como parques de diversiones. Solo de ver que estábamos divirtiéndonos era suficiente para él. Mi abuelo fue el mejor abuelo del mundo, entonces usted puede imaginar cómo fue para toda la familia su muerte repentina.

El llanto de la pérdida de alguien que se ama es un llanto diferente, viene del alma, con una sensación de que nada podrá compensarla. Menos mal que, a través de la fe, logramos colocarnos por encima de las emociones y consolarnos sabiendo que mi abuelo está en un lugar mucho mejor.

La pérdida de alguien de la fe tiene eso de bueno, sabemos que está mucho mejor que nosotros, pero ¿y aquellos que no están en la fe? Quien más sufre esa pérdida es el propio Dios.

“¿Quiero Yo la muerte del impío? dice el Señor. ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?” (Ezequiel 18:23)

Ese dolor que Dios siente es diario, constante e incomparable. Mientras a mucha gente le gusta ver a los injustos morir, Él llora.

Vemos eso a través de Su Hijo Jesús. La primera vez fue cuando Jesús vio a una viuda llorando, que iba a sepultar a su único hijo. La Biblia dice en Lucas 7:13 que Él “la vio, se compadeció de ella…” y resucitó a su hijo.

Jesús sintió el dolor que Él le daría a Su Padre en poco tiempo y sabía bien cómo es al ver a Su Padre sufriendo ese dolor desde el inicio de la creación del mundo. Fue a causa de ese dolor que Jesús se dispuso a venir al mundo y ser sacrificado por nosotros.

La segunda vez que Jesús lloró también fue por el dolor que Él vio sentir en María, con la muerte de Lázaro. “Jesús entonces, al verla llorando… se estremeció en espíritu y se conmovió…” (Juan 11:33).

La tercera vez que Jesús lloró fue cuando Él entró a Jerusalén “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella…” (Lucas 19:41).

Jesús sintió el dolor que el Padre sentiría al ver a Su pueblo elegido (al cual le daría a Su único hijo en la cruz para salvar) morir sin la salvación, por medio de la destrucción que vendría a la ciudad en algunos años.

Y la cuarta vez fue cuando Jesús estaba en el Jardín de Getsemaní, a punto de ser llevado preso y crucificado “Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera…” (Mateo 26:37).

Él estaba sintiendo el dolor de la pérdida, solo que esta vez, era la pérdida de la presencia de Su Padre. Jesús se fue a la cruz solo, sin el Espíritu Santo, sin el Padre, pues sería parte de Su sacrificio y del Padre. ¿Usted logra imaginar el dolor que Ambos sintieron? Un dolor que fue forzado por nosotros, pecadores.

El dolor de la pérdida es un dolor que Dios siente todos los días.

La pregunta que no quiere callarse es: aun sabiendo que nuestro Padre pasa por este dolor todos los días, ¿acaso también hemos sentido Su dolor o solo sentimos los nuestros?

Quien tiene el Espíritu Santo siente el dolor del Padre y no se contenta con ello, por el contrario, hace todo lo que puede para salvar lo máximo posible de almas para el Reino de los Cielos.

En la fe.

 

Por Cristiane Cardoso

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