¿Para quienes son las bendiciones de Dios?

¿Para quienes son las bendiciones de Dios?

Por Social Media

Jesús le contestó: ¿No te dije que, si confías en mí, verás el poder de Dios?” (Juan 11:40).

Supongamos que quisieras tener un título universitario, ¿qué tendrías que hacer para obtenerlo? Lo primero es ingresar a la escuela, terminar los años que te piden de estudios sin adeudar materias y hacer un examen o tesis. ¿No es así?

Con Dios no es diferente cuando de bendiciones se trata. Si esperas que las cosas cambien mágicamente sin el mínimo esfuerzo de tu parte, sin pedirle o acercarte a Él, nada sucederá. Así como en la escuela no te dan la cédula sin estudiar, las promesas bíblicas no se cumplen en la vida de quien no las busca.

Puedes creer o no, confiar o no, pero si quieres que el Dios de los imposibles actúe en tu favor, no puedes quedarte con los brazos cruzados esperando que las cosas caigan del cielo, pues ni una nube de lluvia se forma de la nada.

Estimado lector, si no quieres que tu vida siga igual, dale una oportunidad al Único que fue capaz de transformar el agua al vino: el Señor Jesús.

Cree, pon tu fe en marcha y verás cambios de 180 grados.

 

 

Recibieron una respuesta debido a su confianza

 

Susana Morelos:

Si bien nací con buena salud, a los pocos días tuve un problema en las vías respiratorias y todo se complicó.

A raíz de eso, me dio asma y tenía problemas en el corazón. Ninguna medicina me hacía, aumentar la dosis hizo que me volviera alérgica a los medicamentos, me dio anemia y de ahí no me levanté.

Nada estaba bien, en casa había violencia intrafamiliar, humillaciones, vicios. Buscaba la muerte, pero esa actitud cambió cuando llegué a la Universal. Creí que Dios podía sanarme y no me equivoqué. Ahora, no tengo vicios e, incluso, me acabo de casar. ¡Soy una nueva mujer!”.

 

 

 

Leticia de Jesús

Padecía artritis y fui sanada participando en la reunión de los Casos Imposibles.

El dolor que tenía en las manos y en los huesos era insoportable, hasta dejé de trabajar durante mucho tiempo por lo mismo. Tenía demasiada sensibilidad y, aunque tomaba medicamentos que me calmaban el dolor, al poco rato me dolían más.

Quienes no conocen a Dios llegaron a decirme que la enfermedad era incurable y que viviría a base de medicinas, pero no creí en sus palabras. Tan no tenían razón que sin medicamento y sin costosos remedios la artritis se me quitó porque puse mi fe en práctica cuando me acerqué a Dios”.

 

 

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