¿Dios castiga?

¿Dios castiga?

Por Departamento Web

Muchas veces, ante las tragedias, muertes catástrofes y acontecimientos desagradables, nos deparamos con la siguiente declaración de algunas personas: “Eso fue castigo de Dios”. Pero ¿el Creador realmente usa el ardid del castigo o de la venganza para justificar las muertes, enfermedades, desastres, etc.?

En los últimos días, en Brasil, decenas de personas publicaron mensajes en las redes sociales asociando la muerte del periodista brasileño Ricardo Boechat, de la TV Bandeirantes y de la BandNews FM, víctima de un terrible accidente aéreo en São Paulo el pasado 11 de febrero, con las desavenencias ocurridas con un pastor cuatro años atrás.

Las publicaciones relacionaban su trágica muerte con la de una especie de “venganza” o “castigo” de Dios, a causa de sus palabras que, en el pasado, fueron dichas al pastor.

Una de las declaraciones decía: “maldito aquel que habla del ungido de Dios”. Otra señalaba: “buscarse problemas con los de Dios es lo mismo que cometer suicidio”.

En 2015, el periodista lamentó un suceso con una niña integrante de una religión de origen africano, que había sido víctima de la intolerancia religiosa en Río de Janeiro. El periodista atribuyó lo sucedido a los pentecostales y neopentecostales. Por medio de Twitter, el pastor declaró, diciendo que Boechat hizo un comentario preconceptuoso y que no debería incitar el odio a los pastores y evangélicos. En seguida, en su programa de radio, Boechat le respondió con una declaración cargada de ofensas.

El pastor procesó a Boechat. En una audiencia de conciliación, los dos hicieron un acuerdo y el periodista, inmediatamente, retiró lo que había dicho en aquel entonces en su programa. En el mismo día, el pastor dijo en su Twitter: “Ricardo Boechat, hoy, en su programa en Band, retiró las palabras que hirieron mi honra. Independientemente de la justicia, eso muestra su grandeza”.

Las publicaciones sobre la muerte del periodista, relacionadas con el “castigo Divino”, provocaron una fuerte reacción opuesta de otros cristianos, pastores y artistas del medio evangélico. Así que surgió una inmensidad de comentarios sobre el tema en internet, el pastor anunció diciendo que el Dios al cual sirve “no es vengativo”. Incluso defendió que no estaba de acuerdo con ese tipo de postura y reconocía que Boechat era un “gran periodista”.

El hecho es que Dios no castiga a nadie. Todos los pecados fueron castigados en la cruz cuando el Señor Jesús murió en sacrificio por todos nosotros: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

Lo que Dios hace es corregir a las personas con la intención de que cambien sus actitudes para alcanzar Su Reino. El castigo es “un fin en sí”. En cambio, la corrección es “un medio” —muchas veces doloroso y desagradable— para obtener, posteriormente, un resultado positivo, como sucede con el hijo después de ser corregido por su padre.

Dios también es así: el Padre que disciplina a sus hijos. Él acoge al perdido sin pedirle explicaciones y festeja su llegada, como se ejemplifica en la Biblia en la parábola del hijo pródigo (lea en Lucas 15:11-32). Sucede de la misma forma con el Señor Jesús. Él no castigó a los fariseos cuando les dijo que eran “hipócritas” (Mateo 23:14), así como también no castigó a Pedro, cuando lo vio siendo inducido por satanás (Mateo 16:23). En estos casos, como en tantos otros, Jesús no actuó como “castigador”, sino como alguien que “corrige” a todos para que lleguen a Dios.

Cuando tenemos la certeza de que somos Hijos de Dios y que Él nos quiere salvar, vemos que Él no nos impone castigos, sino que nos da oportunidades para corregirnos y acercarnos a Él. También nos advierte como lo hizo en la parábola de un hombre inclinado a la avaricia: “Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” Sucede que, muchas veces, se vuelve más fácil echarle la culpa a Dios por algún suceso para que, de esa forma, no asumamos la responsabilidad y las consecuencias de nuestras propias elecciones.

La muerte viene para todos, sea de la forma que venga. Entonces, de ningún modo sus causas hacen de Dios un “verdugo”.

Por eso, siempre debemos hacer un juicio de nosotros mismos: ¿cómo estaremos en el día en que llegue la muerte? ¿Preparados para encontrarnos realmente con Dios en Su Reino o preocupados con lo que presentaremos ante Él en esta feliz ocasión o inquietos con las actitudes de las demás personas? Tras la muerte, cada uno rendirá cuentas de sí mismo y de las misiones que recibió de Dios. Esa es la preocupación que vale la pena mantener.

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