Durante el Santo Culto del domingo 8 de febrero, el obispo Franklin Sanches habló sobre la verdadera conversión que transforma vidas.
Muchas personas llegan a la iglesia con problemas de carácter, con vicios, etc., es decir, acuden buscando una solución a su sufrimiento. Sin embargo, para que ocurra un cambio es necesario tomar una actitud.
«Tal vez usted es así, tiene ese mal genio, ese nerviosismo, esa agresividad… Sabe que tiene que cambiar y no lo consigue, pero Dios puede hacerlo. Y solo lo hace cuando uno se vuelve a Él», explicó.
«Convertíos ahora a Mí»
Israel estaba viviendo una situación caótica, de miseria, fracaso y derrota, pero el Señor envió un profeta para que les dijera cuál era la solución a su problema. «Y yo sé que usted vino hoy porque quiere resolver su problema también», comentó el obispo.
«Ahora, pues, dice el Señor, convertíos ahora a Mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento» (Joel 2:12).
Convertirse es cambiar de dirección. Inclusive, en algunas versiones bíblicas dice «vuélvanse a Mí». ¿Por qué? Porque ellos le estaban dando la espalda al Señor; por esa razón estaban padeciendo.
Pero Dios les pidió que se convirtieran, y la conversión implica sinceridad. Es decirle al Altísimo: «yo reconozco mi pecado, me arrepiento y decido dejarlo», pues, «cuando uno quiere cambiar, Dios actúa».
No obstante, a veces las personas no ven sus actitudes erróneas y tratan de justificarse. «Por ejemplo, el marido o la mujer dicen: “yo soy así, tú lo sabías y te casaste conmigo”. La persona no reconoce su problema y por eso no cambia. Si uno no lo reconoce, no se arrepiente», explicó.
No se trata de remordimiento
Así como habló con el rey Salomón cuando le dijo que, si se humillaban y buscaban Su rostro, Él sanaría su tierra, de la misma forma Dios habló por medio del profeta cuando dijo:
«Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor, vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y se duele del castigo» (Joel 2:13).
En aquella época, rasgar las vestiduras era un símbolo de vergüenza y humillación. No obstante, el Señor rechazó esa actitud por ser algo superficial, como el remordimiento. Como enseñó el obispo, «cuando uno la riega viene el remordimiento, pero luego vuelve a hacer lo mismo». Sin embargo, cuando hay conversión y arrepentimiento, uno está decidiendo romper definitivamente con el error».
«El Señor responderá, y dirá a Su pueblo: He aquí, Yo os enviaré grano, mosto y aceite, y os saciaréis de ello, y nunca más os entregaré al oprobio entre las naciones» (Joel 2:19).
Eso es lo que pasa cuando uno se convierte: Dios envía el grano, que es el trigo, un símbolo de prosperidad; el vino o mosto, que representa la alegría; y el aceite, que es Su presencia, el Espíritu Santo.
«Si uno hace eso, el Padre le da una vida nueva, pero solo depende de su decisión», finalizó.
