El pasado domingo 17 de mayo, durante el Santo Culto, el obispo Franklin Sanches hizo un llamado a la reflexión: ¿Qué voz estamos escuchando?
Vivimos en un mundo donde somos bombardeados constantemente por distintas voces, como la voz de la pareja, de los amigos, de la sociedad, etc. Unas nos hablan más fuerte que otras, sin embargo, existe un problema: hay quienes no saben filtrar lo que escuchan y terminan absorbiendo ideas dañinas que terminan perjudicándoles, pues lo que ingresa a la mente puede guiar la forma de actuar.
Las palabras y su poder
De acuerdo con el obispo, «toda palabra siempre está acompañada de un espíritu: el Espíritu de Dios o el espíritu de satanás; no hay cómo escapar de ello. Y si no filtro lo que escucho, puedo tomar decisiones precipitadas o equivocadas que destruyan mi matrimonio, a mi familia, mi ministerio, mi profesión o trabajo».
Y es que las palabras tienen poder. Por ejemplo, cuando alguien entra a la universidad, ¿qué es lo que moldeará su mente para ejercer una profesión? Las palabras de sus profesores y de los libros de estudio. Estas son como semillas y, al finalizar las clases, viene la cosecha: la persona se vuelve profesional.
Así también sucede en otros aspectos de la vida: la voz o palabra a la que prestemos atención es la que nos formará. Por eso, debemos tener cuidado, pues el mal puede usar a cualquier persona para intentar sembrar una palabra de duda.
«Por ejemplo, cuando Pedro reconoció a Jesús como el Hijo de Dios, Él le respondió: “Esto no te lo reveló carne ni sangre, sino Mi Padre que está en los cielos”. Es decir, Dios se lo reveló, habló con Pedro. Pero después, Jesús dijo: “Yo voy a Jerusalén porque tengo que entregarme, voy a morir y al tercer día voy a resucitar”. Y el mismo Pedro le pidió: “No lo hagas, ten compasión de Ti”. Y Jesús respondió: “Apártate de Mí, satanás”», explicó el obispo.
«Entonces, observe cómo las actitudes son completamente diferentes dependiendo de la voz que uno escucha y a lo que le da credibilidad. No lo olvide: las palabras forman», agregó.
La voz que realmente da vida
«La mano del Señor vino sobre mí, y me sacó en el Espíritu del Señor, y me puso en medio del valle que estaba lleno de huesos. Y Él me hizo pasar en derredor de ellos, y he aquí, eran muchísimos sobre la superficie del valle; y he aquí, estaban muy secos. Y Él me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y yo respondí: Señor Dios, Tú lo sabes» (Ezequiel 37:1-3).
¿Cuál fue el objetivo de Dios al llevar al profeta a ese valle? «Que viera de cerca la condición de los huesos, que estaban muy secos; no había huella de que existió vida en ellos». El obispo explicó que, a veces, vivimos de cerca situaciones como la de los huesos, donde parece no haber esperanzas. Sin embargo, esos momentos llegan para moldearnos y que podamos ayudar a otros a través de nuestro aprendizaje.
«Entonces me dijo: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd la Palabra del Señor. Así dice el Señor Dios a estos huesos: He aquí, haré entrar en vosotros Espíritu, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, haré crecer carne sobre vosotros, os cubriré de piel y pondré Espíritu en vosotros, y viviréis; y sabréis que Yo Soy el Señor» (Ezequiel 37:4-6).
Aquí surge de nuevo la pregunta: ¿Qué voz estamos escuchando? Por ejemplo, algunos dicen: «Eres joven, vive la vida, aprovéchala». No obstante, quienes hacen caso a esas palabras pueden terminar en el fracaso, la desgracia, etc.
En cambio, estando los huesos sin vida, Dios dijo: «oíd la Palabra del Señor». De la misma manera, «cuando yo escucho la Palabra del Señor, todo lo que está muerto vive, renace, no hay nada que a través de ella no podamos alcanzar […], porque jamás le va a poner dudas, confusión o miedo. Mientras que la palabra del diablo siempre le colocará un signo de interrogación para que usted retroceda».
«Profeticé, pues, como me fue mandado; y mientras yo profetizaba hubo un ruido, y luego un estremecimiento, y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí, había tendones sobre ellos, creció la carne y la piel los cubrió, pero no había espíritu en ellos. Entonces Él me dijo: Profetiza al Espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al Espíritu: Así dice el Señor Dios: Ven de los cuatro vientos, oh Espíritu, y sopla sobre estos muertos, y vivirán» (Ezequiel 37:7-9).
De acuerdo con el obispo, profetizar no tiene nada que ver con la adivinación; se refiere a hablar la Palabra de Dios. Cuando uno comienza a profetizar, empieza a surgir vida a su alrededor.
En ese valle, el Espíritu de Dios inyectó vida. «El día que el Espíritu Santo entre en su interior, va a entender lo que es ser feliz. Ya no será una persona amargada, insegura o enojona. En lugar de dar problemas, va a resolver los problemas. Porque quien tiene el Espíritu Santo no huye, no se esconde, enfrenta y supera el problema, sin importar si es económico, sentimental, familiar o espiritual», explicó.
Entonces, «“¿qué es lo que me falta, obispo?”. Falta eso, el Espíritu. «Pero buscad primero Su Reino y Su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33). El problema es que usted está buscando todo lo demás menos Su Reino, que es el Espíritu Santo dentro de su vida, y mientras no lo tenga sentirá paz, pero no la tendrá».
«Y profeticé como Él me había ordenado, y el Espíritu entró en ellos, y vivieron y se pusieron en pie, un enorme e inmenso ejército» (Ezequiel 37:9).
El Espíritu Santo convierte a la persona en una guerrera o guerrero del ejército del Dios vivo. Y no le teme a nada; puede venir lo que sea y siempre estará fortalecido para vencer. El Espíritu Santo fortalece su mentalidad, por eso, quien lo recibe ya no puede ser influenciado por nada, sino solo por la Palabra de Dios. Además, «será esa persona que, a donde vaya, transmitirá vida, porque el Espíritu Santo es vida», finalizó.
