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Meditando en los capítulos finales de Apocalipsis, me encontré con una pregunta: ¿Por qué la prostituta que está sentada sobre la bestia, embriagada con la sangre de los santos, aparece adornada con oro, piedras preciosas y perlas? (Apocalipsis 17:4). Mientras tanto, los santos reciben vestiduras de lino fino, limpio y resplandeciente. (Apocalipsis 19:8).
No es porque las riquezas sean malas. Después de todo, la propia Nueva Jerusalén es descrita con piedras preciosas, puertas de perla y calles de oro. El problema nunca fue el oro. El problema es el lugar que le damos.
La prostituta viste riquezas para impresionar, seducir y atribuirse valor a sí misma. En cambio, los santos visten justicia. Su belleza no proviene de lo que poseen, sino de lo que llegaron a ser delante de Dios.
Fue entonces cuando entendí algo: las riquezas fueron hechas para nuestro uso, no para nuestro valor. Un bolso no me hace más importante. Una joya no aumenta mi valor. Una marca no añade dignidad a mi alma.
Cuando algo externo pasa a determinar cuánto valemos, estamos usando como identidad lo que Dios destinó únicamente como herramienta.
El oro de la Nueva Jerusalén no exalta al hombre, exalta a Dios. Y quizá esa sea la diferencia entre Babilonia y la Ciudad Santa: una usa las riquezas para glorificarse a sí misma; la otra usa todo lo que posee para glorificar a su Creador.
