El pasado domingo 3 de mayo, el Obispo Franklin Sanches dirigió una reunión fundamental para obreros y discípulos, centrada en la identidad del siervo y la verdadera función del Espíritu Santo en la vida del creyente.
La convicción que nace del Espíritu
El Espíritu Santo es la garantía de una fe inquebrantable. Quien no posee este sello vive en un estado de duda constante, cuestionando su fe ante cada problema. Sin embargo, recibir el poder del Espíritu no tiene como fin principal obtener beneficios materiales o bendiciones, sino transformar al individuo en un testigo vivo del Señor Jesús.
Diferencia entre dar testimonio y ser testigo
El obispo enfatizó que es vital comprender esta distinción:
- Dar testimonio: Es un hecho puntual. Se trata de una obra que Dios hizo (una sanidad, una puerta abierta, liberación de males espirituales, etc.).
- Ser testigo: Es una identidad continua. Es reflejar el carácter, la paz y la manera en la que Jesús actuaría en todo momento, especialmente ante la injusticia o el dolor.
Como enseñó Jesús a Felipe: «El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9). De la misma manera, el verdadero testigo vive de tal forma que los demás pueden reconocer a Dios a través de su conducta, incluso sin necesidad de palabras.
El orden de la Misión: De Jerusalén a los confines de la Tierra
La obra de Dios sigue un orden jerárquico de influencia:
- Jerusalén (el hogar y la iglesia): El primer lugar donde debemos demostrar que somos de Dios es con nuestra familia y por consecuencia, en la iglesia.
- Judea y Samaria (entorno y trabajo): En la vida cotidiana debemos reflejar el carácter de Cristo sin aparentar ni adaptarnos al mundo.
- Hasta lo último de la tierra: Influenciar a otros y formar nuevos discípulos.
El verdadero llamado a servir
El obrero y el discípulo no están llamados simplemente a cumplir tareas religiosas. Su función principal es ser un auxilio real para el necesitado, cuidando de las almas con amor y dedicación.
Ser un instrumento de Dios implica que nuestra vida inspire a otros a buscarlo. La verdadera recompensa del siervo no es el reconocimiento, sino la alegría de ver a una persona transformada, liberada y sellada con el Espíritu Santo gracias al cuidado y el ejemplo recibido.
Sin duda, la reflexión que dejó esta reunión para todos los siervos, y que debe guiar nuestro día a día es: ¿Quién me ve a mí, ve a Jesús? No somos perfectos, pero si el Espíritu Santo habita en nosotros, nuestra vida será el mayor mensaje que el mundo pueda recibir.
