Sé una hoja en blanco: ¡Él reescribirá tu historia!

El Señor tiene el poder de cambiar vidas por completo. No obstante, lo difícil es que las personas se rindan a Él, «que dejen de lado su ego para que la voluntad de Dios se haga en ellas», explicó el obispo Franklin Sanches al inicio del Santo Culto del domingo 10 de mayo.

«Mientras uno no lo entienda, va a estar en la iglesia por meses o años sin recibir el Espíritu Santo», porque Dios no puede colocar Su Espíritu en un lugar que ya está ocupado por una o varias cosas.

Un gran impedimento

Uno de los obstáculos para recibir el Espíritu Santo es que algunos se creen superiores y piensan que no lo necesitan. De acuerdo con el obispo, «ese orgullo separa al ser humano de Dios, no lo deja doblegarse y le hace mirar a los demás de arriba a abajo y de abajo a arriba», como si fueran menos. Incluso, hay gente desprecia al pastor que no sabe leer bien, sin saber que ese hombre, lleno de la presencia de Dios, puede bendecir su vida.

Inclusive, el nivel académico o económico pueden convertirse en un impedimento para conocer a Dios, porque quizás la persona considere ese cargo como lo más importante en su vida. Pero un diploma o dinero no dan la verdadera paz al alma.

Una hoja en blanco

Entregarse a Él es convertirse en una hoja en blanco. «Imagine una hoja llena de rayas, de garabatos. ¿Cómo es que Dios va a escribir algo en quien está de esa manera?», preguntó el obispo.

Antes de ser apóstol, Pablo era bastante arrogante, porque era un profundo conocedor de la ley. Estudió a los pies de Gamaliel, uno de los rabinos más importantes de la época, por eso, se creyó más que otros. Pero cuando se dirigía hacia Damasco dispuesto a arrestar a los seguidores de Jesús, Dios lo hizo caer del caballo. En otras palabras, lo hizo bajar de su pedestal (lee Hechos 9).

«Muchas veces, Dios permite el sufrimiento para que veamos nuestra fragilidad […]. No es que el Señor tenga placer en el sufrimiento, pero lo permite para que la persona deje de ser arrogante […]. Porque cuando sufrimos, percibimos cuán débiles somos».

Ya convertido, Pablo dijo: «Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo» (Filipenses 3:7-8).

Es decir, para conocer a Jesús y tener una experiencia con Él, tuvo que humillarse, tomar todos sus conocimientos y hacerlos a un lado.

El ejemplo de Naamán

Naamán fue un comandante del ejército de Siria, apreciado por el rey por darle la victoria en muchas batallas. No obstante, a pesar de sus conquistas, quedó leproso. Un día, una de sus siervas le dijo que había un profeta en Israel que podía ayudarle, así que él partió llevando muchas riquezas para que el profeta pudiera orar en su favor.

Al llegar, el profeta Eliseo envió un mensajero a decirle: «Ve y lávate en el Jordán siete veces, y tu carne se te restaurará, y quedarás limpio» (2 Reyes 5:10). Pero Naamán se molestó: «He aquí, yo pensé: Seguramente él vendrá a mí, y se detendrá e invocará el nombre del Señor su Dios, moverá su mano sobre la parte enferma y curará la lepra. ¿No son el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, mejor que todas las aguas de Israel? ¿No pudiera yo lavarme en ellos y ser limpio? Y dio la vuelta, y se fue enfurecido» (2 Reyes 5:11-12).

Pero sus siervos lo convencieron: «Padre mío, si el profeta te hubiera dicho que hicieras alguna gran cosa, ¿no la hubieras hecho? ¡Cuánto más cuando te dice: Lávate, y quedarás limpio! Entonces él bajó y se sumergió siete veces en el Jordán conforme a la palabra del hombre de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio» (2 Reyes 5:13).

Al principio fue arrogante, soberbio y orgulloso, una actitud que tienen algunos hoy en día. «Imagine que usted dice: “Voy allá porque el obispo va a orar por mí”. Y cuando llega aquí yo digo: “Obrero, por favor, ore por aquel señor”. Algunos dirían: “Un obrero no, yo vine aquí para hablar con el obispo. Y yo diría: “No. El obrero va a orar por usted”. Imagine, ¿cómo se iba a sentir?».

Si la persona es humilde, dirá: «Lo importante es que yo me ponga bien». Y en el caso de Naamán, su actitud cambió una vez que decidió dejar su orgullo y descender al río Jordán.

La humildad nos acerca a Dios

«Para encontrarnos con Él, para que nos llene, tenemos que ser como una hoja en blanco. Por eso, deje de lado todas sus ideas, sus conocimientos, su bolsillo, su nombre, todo, y humíllese ante Dios», aconsejó el obispo.

Ser humilde es decirle: «Señor, yo te necesito, solo Tú me puedes transformar. Las cosas que poseo no han sido capaces de reconstruir mi vida, mi matrimonio y mi economía, pero Tú puedes hacerlo. Entonces yo me rindo». «Al hacer eso, el Espíritu Santo vendrá sobre su vida», finalizó.

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