El pasado domingo se realizó la primera reunión de siervos del año, donde se habló sobre la existencia de dos reinos: el Reino de Dios y el reino del diablo. Todo ser humano nace en el reino del diablo, que es el reino de este mundo, lleno de maldad y engaños. Por eso, en este mundo no se puede experimentar una paz ni una felicidad plena, solo momentos pasajeros. Mientras la persona permanezca en ese reino, seguirá sufriendo, pues satanás busca su alma.
Antes de conocer a Cristo, todos vivíamos en el reino del diablo: un reino sin ley, lleno de pecado y muerte espiritual. Éramos esclavos del pecado, dominados por deseos carnales y pensamientos equivocados. Pero Jesús, por su amor y sacrificio, nos rescató, nos dio vida y nos trasladó al Reino de Dios. No fue por nuestros méritos, sino porque Él nos eligió y nos liberó del dominio de las tinieblas por medio de su sangre.
Este proceso incluye la liberación, el bautismo en las aguas (como símbolo de dejar atrás la vida pecaminosa) y el nuevo nacimiento espiritual. Luego, la obra del Espíritu Santo nos transforma para vivir en santidad, sin comunión con las tinieblas, porque el objetivo del enemigo es apartarnos del Reino de Dios y devolvernos al mundo.
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En la oportunidad se esclareció la diferencia entre el nuevo nacimiento y el bautismo con el Espíritu Santo usando la analogía de una casa: el nuevo nacimiento es la limpieza y preparación que el Espíritu Santo hace en nosotros para ser su morada; el bautismo con el Espíritu Santo es cuando Él pasa a habitar en nosotros, sellándonos como propiedad de Dios. Por ello, quien tiene Su Espíritu, aunque enfrenta luchas y aflicciones, al vivir en el Reino de Dios confía en el Señor, pues Él nunca desampara a los justos.
Por ello, el diablo trabaja de manera sutil para apartarnos del Reino de Dios, usando pensamientos, desánimo o palabras que parecen inofensivas. Así como engañó a Adán y Eva en el paraíso, también busca enfriar nuestra fe y disminuir nuestra dedicación a la obra de Dios. Su estrategia es hacer que olvidemos las bendiciones recibidas, la manera en que llegamos a su presencia y todo lo que Dios ha hecho por nosotros, y que nos enfoquemos en lo que aún nos falta o en los problemas y dificultades que enfrentamos; pues incluso los demonios que fueron expulsados luchan para sacarnos de la presencia y servicio a Dios.
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Asimismo, se advirtió sobre el peligro espiritual que enfrentamos incluso dentro de la iglesia. Aunque al llegar fuimos liberados de demonios, estos no nos olvidan y buscan infiltrarse mediante la indisciplina, el desánimo y el descuido espiritual. El diablo usa estrategias sutiles para enfriar nuestra fe, hacernos perder la disciplina y llevarnos nuevamente al reino de las tinieblas. La falta de oración, ayuno, lectura bíblica y vigilancia abre puertas al enemigo. El Reino de Dios se caracteriza por orden y disciplina, mientras que el reino del diablo es desorden e indisciplina. Por eso debemos mantenernos firmes, vigilantes y consagrados.
El Reino de Dios no se trata de cosas materiales, sino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Vivir en este Reino implica no solo experimentar estas virtudes, sino también llevarlas a otros, cumpliendo el mandato de Jesús: «Id y haced discípulos». Se nos llama a reflexionar sobre nuestra vida espiritual, recordar cómo llegamos a la iglesia y cómo Dios nos transformó, para no caer en el enfriamiento espiritual. El enemigo busca apartarnos del Reino mediante tentaciones y pecados, por lo que debemos mantener nuestra pasión por Dios y nuestro compromiso con la evangelización.
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