««A lo Suyo vino, y los Suyos no Le recibieron. Pero a todos los que Le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su Nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios» (Juan 1:11-13).
Durante el Santo Culto del domingo 12 de abril, el obispo Franklin Sanches enseñó que no todas las personas que nacen en el mundo son hijas de Dios. A la luz de la Palabra, explicó que solo lo son aquellas que «creen en Su Nombre», es decir, los que se entregan de cuerpo, alma y espíritu.
Solo el Espíritu Santo…
«Lo que yo hago es enseñarles la Palabra de Dios, pero quien le hará nacer y ser hijo de Dios es el Espíritu Santo; no una religión o una iglesia», dijo el obispo. Asimismo, explicó que el Espíritu de Dios viene sobre el ser humano que se entrega a Él, provocando lo que llamamos el nuevo nacimiento: «Paso a tener la naturaleza divina. Mi manera de ser, pensar y actuar cambia».
Y es que, normalmente, las personas luchan y se esfuerzan para mejorar: uno quiere ser un mejor marido y padre, una mejor esposa y madre, etc. Todo mundo quiere ser mejor, «pero por sí sola la persona no lo consigue, porque trae dentro la naturaleza pecaminosa, por eso no consigue cambiar».
Por ejemplo, hay quienes tienen vicios y juran a su familia que van a dejar las adicciones. Puede que la persona esté siendo sincera, pero no logra dejarlas. No obstante, cuando la persona reconoce su situación —comprende que nació como una criatura de Dios y aún no es Su hija, pero quiere serlo—, entonces, se entrega, se humilla y se arrepiente de sus pecados.
Es decir, la persona va cambiando paulatinamente y quienes le rodean se dan cuenta: ya no es agresiva, malhumorada, ya no está deprimida, supera los complejos y vence los miedos.
La autoridad de un hijo de Dios
En el momento en que se recibe el Espíritu Santo, el Altísimo asume a aquella persona como hijo, y comienza a tener derechos como tal. «Todo lo que está prometido en la Biblia es para los hijos de Dios». Está escrito: «Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1:8).
Quienes reciben este poder ya no son personas resignadas al sufrimiento. Al contrario: luchan por sus derechos y para glorificar el Nombre de su Padre en este mundo. Como Sus testigos, pueden hablar de algo que han experimentado. «Yo soy testigo de que Él está vivo, no es algo que yo inventé. Cuando viene sobre mí me da audacia, esa fe para hablar de Jesús con convicción, no como un desconocido».
Sin embargo, un hijo de Dios va a tener momentos difíciles, como cualquier ser humano, la diferencia está en cómo reaccionará. Además, no importan las circunstancias en las que uno se encuentre, «la persona puede ser analfabeta o haber sido pobre toda la vida, pero cuando el Espíritu Santo entra en ella, se vuelve un león, porque dentro de ella hay un poder, ya nunca más se va a victimizar […]. Porque el cambio interior depende de un poder que viene de Dios».
Su presencia tiene que ser la prioridad
«Él quiere habitar dentro de ustedes, pero para que haga eso, tiene que buscarlo, entender esa necesidad. Él tiene que ser su prioridad».
Por supuesto que habrá problemas externos, por ello, el obispo Franklin invitó a las personas a participar en las distintas reuniones a lo largo de la semana en la iglesia, y luchar por cada área de su vida.
«Su prioridad tiene que ser una: recibir el bautismo con el Espíritu Santo. Porque si usted lo tiene, todo lo demás lo va a conquistar. Él le dará esa capacidad, va a guiarle y enseñarle. Nada será imposible», finalizó.
