No todas las personas que van a la iglesia están en el Reino de Dios. Durante el Santo Culto del pasado domingo 11 de enero, el obispo Franklin Sanches explicó que el Reino del Altísimo solo puede ser habitado por quienes se sujetan a Él, que desean hacer Su voluntad y vivir conforme a Sus reglas.
«Por ejemplo, yo tuve la oportunidad de vivir en otros países y, como extranjero, al igual que los ciudadanos, tuve que adaptarme a las reglas de ese lugar. No podía decir: “yo nací en Brasil y quiero vivir como vive un brasileño”», explicó. En el mundo espiritual ocurre lo mismo: uno no puede querer pertenecer al Reino de Dios mientras vive como ciudadano del mundo. Y cuando hablamos del mundo no nos referimos al planeta; el mundo es el sistema que satanás implantó en la Tierra cuando Adán pecó.
La diferencia entre estos dos reinos es que, mientras en el Reino de Dios hay disciplina y obediencia, en el reino del mundo hay rebeldía; quienes están ahí no quieren ser gobernados por Dios, más bien, quieren hacer su propia voluntad. Rechazan al Señor, pero desean disfrutar de lo que Él creó, de Sus milagros y bendiciones. Sin embargo, el Señor Jesús fue claro cuando dijo: «Si vosotros permanecéis en Mi Palabra, verdaderamente sois Mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:31-32). Es decir, en Su Reino están solo quienes permanecen en Su Palabra.
¿Libre o esclavo?
Algunas personas crecieron escuchando frases como: «pobre naciste y pobre vas a morir», «el que no tranza no avanza», «eres un bueno para nada», «esta es mi pobre casa», etc. Sin embargo, de tanto oírlas y repetirlas, terminaron adoptándolas en su vida. Pero, a diferencia de esas palabras que esclavizan, Jesús dijo que al conocer la verdad seríamos libres: del miedo, de las dudas, del pecado, de las inseguridades, de los traumas y de todo mal.
Asimismo, el Señor afirmó: «En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado» (Juan 8:34). De acuerdo con el obispo, hay quienes no consiguen dejar el vicio ni los malos hábitos, porque aún son esclavos del mundo. Inclusive, muchos permanecen un tiempo en la iglesia y luego se van, porque todavía son atraídos por el mundo. Pero Jesús dijo: «El esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí permanece para siempre» (Juan 8:35). Es decir, quien verdaderamente se entregó al Señor Jesús y nació del Espíritu Santo permanece.
La Palabra que produce fe
La Biblia habla de una mujer llamada Rahab; ella era prostituta y vivía en Jericó. No obstante, cuando los espías hebreos entraron a ver aquella ciudad para tomarla, Rahab los ayudó, pues había oído del poder y las maravillas que el Señor había realizado y creyó en Él (conoce la historia completa en Josué 2).
Debido a su actitud de fe, Rahab fue salvada junto con su familia. Y de la misma manera, cuando una persona escucha la Palabra de Dios, esa Palabra produce fe y la certeza de que va a vencer.