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Las personas se rinden a lo que sienten, antes de arriesgarse a pensar.
Pensar exige esfuerzo, mientras que los sentimientos llegan sin ser llamados. Pero es en el esfuerzo donde se siembra y se cosecha. Sin embargo, el sentimiento, por sí solo, no mueve nada, ni siquiera la tan mencionada empatía. Esta, en realidad, es solo un alivio ilusorio: parece consolar, pero no transforma. Quien piensa, sí, actúa, aunque sea en oración.
Los sentimientos vienen y van. La razón, no: ella exige cambio, actitudes, elecciones. Tal vez por eso tantos prefieren vivir basados solo en el corazón, porque así no necesitan actuar, sino solo sentir, por cinco minutos.
Una cosa es cierta: sus emociones no van a cambiar su vida. Su razón, sí. Y es por la pereza de pensar que muchos sufren más de lo que necesitarían y, por lo tanto, no conocen a Dios.
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