Parece que todos los días serán iguales…

Levantarse temprano, la prisa por cumplir los horarios de la mañana, el tráfico siempre implacable, los bolsos llenos de cosas que cargar, la lucha con la memoria para que no se nos olvide nada, las personas insensibles que insisten en tocar el claxon, invadir el carril, salirse con la suya…

Y todo parece igual, hasta que nos enteramos de alguien que no amaneció ese día para vivir lo que nosotros estamos viviendo de forma banal, sin considerar el regalo que es.

Solo entonces nos damos cuenta de que la vida es más que existir, despertar y trabajar.
La vida es más grande que la melancolía de «el tiempo se va pasando».

Pero, por aquí, todo contribuye a que no veamos lo que realmente importa, a que no agradezcamos los privilegios y no disfrutemos los momentos que aún nos quedan.

En varias partes del mundo, alguien se despidió de sus seres queridos que partieron.

Sí, dejamos a nuestros muertos en el cementerio, pero un día alguien nos dejará allí también.
Llegará nuestro turno.

¿Y qué hicimos con la vida que tuvimos?
¿Una rutina llena de quejas o un regalo para desenvolver y saborear cada mañana?

No necesitamos un país nuevo, amigos diferentes, más dinero, más ropa o una nueva rutina para que la vida valga la pena.

Necesitamos salir del modo automático de existir para realmente vivir.

Porque no existe un día común. Todos son extraordinarios.

Núbia Siqueira

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