Osado y sincero: ¿tienes estas características?

El Señor Jesús dejó varias enseñas de fe a través de las parábolas; una de ellas es la del hijo pródigo. Durante el Santo Culto del pasado 23 de agosto, el obispo Franklin Sanches explicó más sobre este tema y cómo la historia de ese hijo se sigue repitiendo en nuestros días.

«Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente» (Lucas 15:11-13).

El hijo pródigo tenía dos características: era osado (atrevido) y sincero. Sin embargo, al principio usó su osadía para hacer cosas erróneas. Asimismo, «hay personas que tienen la osadía de tomar determinadas actitudes que, en lugar de ayudarles, les perjudican», comentó el obispo. Una de esas actitudes está en decir: «No necesito ir a la iglesia para buscar a Dios, puedo hacerlo en mi casa», pero se trata de una idea engañosa.

Sus propias reglas

El hijo menor fue sincero, tan osado, que se atrevió a pedir: «Quiero mi parte; quiero vivir mi vida». De acuerdo con el obispo Franklin, eso también sucede en varias familias: pensando que están haciendo lo correcto o buscando seguir «sus propias reglas», muchos jóvenes o adolescentes deciden dejar su hogar cuando sus padres les ponen límites. No obstante, la vida está hecha de decisiones; todo lo que uno siembra, lo cosecha.

Algunos piensan: «Me voy a salir de la iglesia, seré libre, sin nadie que me diga lo que debo o no debo hacer». Y al salir, aparentemente reciben esa sensación de libertad. Asimismo, la persona que abandona la fe trata de mostrarles a los demás que está «muy bien» en el mundo. Quienes la ven hasta podrían pensar: «Salió de la iglesia y está feliz. Entonces, no pasa nada malo». Sin embargo, es todo es todo lo contrario.

¿Qué sucede cuando alguien se aparta de la presencia de Dios? Comienza a vivir una falsa sensación de felicidad y plenitud. «Pero todo en esta vida pasa, porque nosotros tenemos un alma que no se va a saciar con nada que esta vida nos pueda ofrecer», enseñó el obispo. Y es que el alma es como una prenda, está hecha a la medida de Dios. No hay nada que pueda completarla: ni el dinero ni relaciones, amigos, fiestas, viajes, trabajo, diplomas o redes sociales.

«Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba» (Lucas 15:14-16).

El hijo pródigo se fue y gastó lo que el padre le dio. Lo mismo sucede con Dios: la persona llega destruida y, al buscarlo, el Padre le da prosperidad, salud, vigor, sabiduría y recursos económicos. «A veces le da una responsabilidad en la iglesia; la persona pasa a ser una referencia. Pero llega un momento en que dice: “Me cansé, dame la parte que me corresponde”. Y se va, llevando consigo todo lo que Dios le dio, pensando: “Yo lo conseguí, fueron mis esfuerzos y mi capacidad”. ¿Y cuánto tiempo tarda en gastarlo todo? No lo sé. La persona se lo gasta hasta quedar sin nada».

De haber sido un muchacho bendecido y amado —por esa osadía—, el hijo pródigo terminó cuidando cerdos. Y quienes abandonan a Dios pasan por una situación similar: al principio, todo el mundo les aplaude la decisión. Pero después, lamentablemente, se quedan solos.

Osado para lo bueno

Pero, así como fue osado y sincero para lo malo, cuando llegó al fondo del pozo, el hijo pródigo también fue osado y sincero para tomar una actitud que cambió su vida.

«Y volviendo en , dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse» (Lucas 15:17-24).

Mientras que el hijo menor regresó, el mayor —aunque seguía en casa— tuvo malos pensamientos acerca del padre y le reprochó su actitud.

«Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido […]. Entonces se enojó, y no quería entrar […] y dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos […]. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado» (Lucas 15:25-32).

De acuerdo con el obispo, «lo hermoso de esta historia es que, cuando el hijo regresó, estando todavía lejos, su padre lo vio. Es decir, todos los días estaba en la puerta esperándolo». De hecho, no le importó que su hijo estuviera sucio, oliera mal y estuviera en las peores condiciones.

Lo mismo hace el Señor Jesús; siempre está esperando que el hijo regrese. Él es tan misericordioso que no quiere saber del pasado de nadie, solo quiere que la persona vuelva. «Si ella es sincera y osada para irse, pero también para volver, Dios la va a recibir, a perdonar y a limpiar», explicó. Inclusive, el padre hizo una fiesta cuando el hijo pródigo volvió. De la misma manera, Dios no quiere que uno culpe a la persona por apartarse, pues, al volver, ella misma reconoce que tomó la decisión equivocada y sufrió.

«Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros» (hebreos 10:19-20).

«Quizás usted sea ese hijo, pero le quiero decir que, por más graves que sean los errores que cometió, por peores que sean las cosas que usted haya hecho o dicho, —incluso si habló mal de la iglesia— Él le perdona, la iglesia le perdona. Lo que nosotros más queremos es la salvación de su alma», comentó. Al finalizar la prédica, el obispo invitó a las personas a hablar con Dios y, como ese hijo, regresar al Padre, entregándole toda su vida.

Compartir este artículo
No hay comentarios