Como siervos de Dios, la necesidad de vivir en la verdad no es simplemente una pauta moral, sino un pilar indispensable de nuestra fe. Mientras el diablo es el padre de la mentira (Juan 8:44), Dios es el «padre de la verdad», Él es la Verdad. Por eso, quien decide servirle debe vivir conforme a ella.
Dios no ve como ve el hombre
A los ojos del mundo, las apariencias lo son todo. La justicia humana condena al hombre cuando sus errores se manifiestan externamente o cuando quiebran una ley visible. Sin embargo, delante de Dios las cosas no funcionan así. Él no considera solamente lo que hacemos, sino principalmente quiénes somos en lo íntimo: nuestros pensamientos, intenciones y sentimientos.
Tal vez, ante quienes le rodean, una persona no cometa ningún pecado ni mienta con sus labios. No obstante, si en su interior alberga deseos o intenciones equivocadas, o guarda odio, envidia o rencor, delante del Señor ya está en falta. Por ejemplo, para el mundo, solo es homicida quien le quita la vida a otra persona; pero, espiritualmente, guardar odio en el corazón nos convierte en homicidas delante de Dios.
«Todo el que aborrece a su hermano es un asesino, y ustedes saben que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él.» (1 Juan 3:15).
El peligro de la religiosidad
En los tiempos de Jesús, los escribas y fariseos representaban la máxima autoridad religiosa. Eran respetados, diezmaban con rigor y conocían profundamente las Escrituras. Sin embargo, Jesús confrontó su hipocresía. Mientras que el Señor mostraba misericordia hacia quienes se le acercaban con sinceridad —sin importar su pasado—, rechazaba rotundamente la falsedad religiosa.
El Señor les advirtió que eran como «sepulcros blanqueados», hermosos por fuera, pero llenos de inmundicia por dentro. Este peligro sigue vigente hoy; quienes sirven en la iglesia corren el riesgo de confundir lo que hacen en la obra con una auténtica comunión con Dios. Acumular tareas sin limpiar su interior.
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, que limpian el exterior del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de robo y de desenfreno! […], por fuera parecen justos a los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de iniquidad.» (Mateo 23:25, 28).
El peligro de no andar en la verdad
El principal problema de quien no es sincero es que pone en riesgo su salvación. Además, sus obras dejan de transmitir vida y el Espíritu de Dios, porque para servir al Altísimo es imprescindible mantener limpia la conciencia.
Cuando no existe verdad en el interior, la persona puede realizar muchas actividades, hablar con conocimiento e incluso aparentar espiritualidad, pero carecerá de autoridad y la confianza que solo la sinceridad puede dar.
Él ama la verdad en lo íntimo
Todos cometemos errores y necesitamos constantemente de la misericordia divina. No hay justo ni aun uno solo. Somos perfeccionados por medio del Señor Jesús, quien actúa como la lente de santidad a través de la cual el Padre nos ve. Sin embargo, para recibir el amparo y la salvación de Dios, existe una exigencia fundamental: sinceridad absoluta.
Tanto quien ha cometido errores graves como quien aparentemente ha llevado una vida intachable necesitan derramar su corazón delante de Dios, reconocer su miseria espiritual y arrepentirse verdaderamente.
«Tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría.» (Salmos 51:6).
¿Qué ve Dios cuando te mira?
De nada sirve que, a los ojos de los hombres, hagamos la obra de Dios si nuestro interior está distanciado de Él. Podemos engañar a quienes nos rodean, pero nunca a Dios ni a nuestra propia conciencia. La verdadera salud espiritual comienza cuando tenemos la valentía de examinarnos diariamente.
Un llamado a la sinceridad
El propósito de este mes no es buscar una perfección humana inalcanzable, sino invitarnos a la transparencia delante del Creador. Que nuestro «sí» sea sí y nuestro «no» sea no. Que, si fallamos en pensamiento, palabra o acción, tengamos la humildad de reconocerlo de inmediato.
Vivir en la verdad en lo íntimo es el único camino para caminar dignamente como verdaderos siervos de Dios.
