Muchas veces, una mujer puede verse a sí misma como alguien común, sin nada especial, pensando que para servir a Dios necesita grandes planes o hacer algo extraordinario para marcar la diferencia. Sin embargo, Dios no elige a las personas por la búsqueda de gloria personal, sino que busca personas comunes que desean hacer lo que es correcto.
Veamos el ejemplo de la historia de Rut. Ella era una mujer común, que se casó con un hombre normal. Sin saberlo, al unirse a alguien que creía en Dios, su vida cambiaría por completo y ella pasaría a ocupar un lugar importante en la historia.
Todo comienza con su relación con Noemí, su suegra, donde Rut vio en ella a una mujer de Dios, alguien diferente. Cuando ambas quedaron viudas y Noemí se encontraba desesperada, Rut no adoptó una postura de amargura ni de incredulidad frente a su futuro. Actuó con sensatez y decisión: entendió que, si regresaba a su antigua vida, se alejaría de Dios, pero si permanecía con Noemí, estaría más cerca del Dios que había conocido a través de ella.
Rut amaba a Noemí y deseaba cuidarla. Había aprendido a buscar lo que era justo y correcto, por lo que no fue indiferente al dolor de su suegra. Su decisión de quedarse a su lado reveló fidelidad, compromiso y un espíritu de servicio, al ponerse en el lugar de la otra.
La experiencia de Rut también enseña que muchas personas desean la bendición y servir a Dios, pero se concentran más en las dificultades que en la fe. Los problemas son inevitables, pero es la reacción ante ellos la que define si alguien será útil en su sencillez. Rut no se detuvo en las barreras ni exigió garantías sobre su futuro; simplemente decidió avanzar.
Cuando una persona pone su mirada en Dios, encuentra la fuerza para enfrentar lo que viene, aprender, someterse y comenzar de nuevo. Esa fuerza está disponible para todos. Aunque todos enfrentan problemas y dificultades, Dios ofrece un soporte que da estructura y capacidad para atravesar cualquier situación.
