La mudanza a Nueva York

La mudanza a Nueva York

Por Social Media

Cristiane relata cómo fue la adaptación en otro país

Me alegré mucho cuando supe que nos íbamos a mudar a Nueva York [EUA]. No hablaba inglés, pero como niña, no tenía la menor idea de lo que eso significaría en una nueva escuela, en otro país, con una cultura totalmente diferente a la mía. Compramos ropa para el frío que, sinceramente, no hizo ninguna diferencia en el invierno de Nueva York.

Me acuerdo, como si fuera hoy, del día en el que viajamos. ¡Hasta nos cepillamos el cabello! Mi look súper chic e incómodo para el largo viaje hizo que me sintiera una jovencita, aunque ni siquiera tenía doce años todavía. Fuimos al aeropuerto y cuando vimos a nuestra familia, a los pastores y esposas allí para despedirse de nosotros, solo entonces me cayó el veinte. Yo estaba yendo a un lugar en donde solo me tendría a mí, a Vivi, a Moysés, a papá y a mamá. Nadie de la familia hablaba inglés y, por lo tanto, dependeríamos totalmente de Dios en esta nueva misión. Lloramos mucho en el aeropuerto.

Cuando llegamos a Nueva York, estuvimos en un apartamento-estudio con tres habitaciones: el cuarto (que se convertía en sala durante el día), el baño y la cocina. ¡Imagínense mi emoción y la de Vivi de poder dormir en la misma habitación que nuestros padres! Nosotras amamos la invasión de la privacidad, no obstante, me imagino que fue súper difícil para ellos. Nos quedamos unas semanas, mientras buscábamos un lugar para vivir, hasta que el pastor Forrester, el norteamericano que nos había invitado a abrir la iglesia en Nueva York, nos ofreció quedarnos en su casa. Él y Maryenne eran como abuelos para nosotros, tan buenos, cariñosos, hicieron de todo para que nos sintiéramos a gusto en su casa.

Mi madre pasó un poco de vergüenza con nosotros, porque ya que todo era novedad, nosotros queríamos repetir todo lo que Maryenne cocinaba, hasta huevo frito. ¡Todo era una delicia! Parece que el hambre solo llegó a nuestra vida cuando llegamos a Nueva York… Tal vez el frío le dio un empujoncito. ¡Oh, lugar frío! Como niñas muy delgaditas, sufríamos el doble. Todo se congelaba, la nariz y las orejas, por lo tanto… evitábamos salir por eso.

Antes de entrar a la escuela, aprovechamos mucho ese tiempo en familia, ya que la iglesia solo abría los miércoles y domingos. Mi padre pasaba bastante tiempo en casa y fue allí, en aquella época, que lo conocimos mejor.

La historia continúa…

Por Cristiane Cardoso

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