La intención era salvar, pero quien cambió fuiste tú

Cuidado, tal vez te estás sentando en la mesa de los burladores y no lo sabes

«¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores» (Salmo 1:1).

El salmo anterior no comienza con una promesa cualquiera, sino con una advertencia espiritual seria. Describe un camino silencioso y peligroso que muchos cristianos recorren sin darse cuenta o, en algunos casos, fingen no percibir.

¿Cuál es la advertencia que leemos en él? Primero, la persona anda según el consejo de los impíos. Después, se detiene, empieza a escuchar y a concordar. Por último, se sienta; es decir, crea un vínculo, se identifica, pasa a formar parte. Es exactamente en este punto donde muchos cristianos se encuentran hoy: sentados en la mesa de los escarnecedores.

El escarnio disfrazado de conversación común

Los escarnecedores no son solo quienes se burlan abiertamente de Dios. También están en las conversaciones diarias, en el ambiente de trabajo, en los grupos informales, en los círculos donde todo lo relacionado con la fe, la Obra de Dios y la autoridad espiritual es tratado con ironía, críticas y malos ojos.

El problema se agrava cuando los cristianos caminan con estas personas, se ríen de las mismas bromas, están de acuerdo con las críticas e incluso las refuerzan. Lo que comienza como convivencia termina en conformidad.

La pérdida del discernimiento espiritual

La Palabra de Dios es clara: «Él que anda con sabios será sabio, mas el compañero de los necios sufrirá daño» (Proverbios 13:20).

Nadie permanece neutral en ambientes espiritualmente contaminados. El cristiano que se mezcla sin vigilar pierde el discernimiento, relativiza el pecado y normaliza comportamientos que Dios desaprueba.

La crítica constante corroe la fe. La murmuración apaga el temor. El escarnio, aunque velado, endurece el corazón.

Hipocresía religiosa

Jesús fue severo al tratar la hipocresía religiosa. En Mateo 23:13, Él denuncia a aquellos que hablaban de Dios pero no vivían lo que predicaban:

«Pero, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando».

Ese retrato sigue siendo actual. Son personas que:

  • profesan la fe, pero no tienen carácter;
  • hablan de Dios, pero critican Su Obra; y
  • dicen ser cristianas, pero se sientan con escarnecedores.

La Biblia es directa: «Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes e inútiles para cualquier obra buena» (Tito 1:16).

Los escarnecedores son personas que:

  • destilan veneno contra la fe;
  • critican pastores, líderes y la dirección de la Obra;
  • hablan mal de gestores, jefes y autoridades; y
  • siempre ven segundas intenciones en todo lo santo.

Una justificación peligrosa

«Estoy intentando ganar a esa persona para Jesús».
Esta es la justificación más común y más peligrosa.

Muchos afirman permanecer en esos ambientes para evangelizar, sin embargo, lo que se ve en la práctica es lo contrario.

  • En vez de influir, son influenciados.
  • En vez de confrontar el error, pasan a concordar.
  • En vez de reflejar la luz, se mezclan con las tinieblas.

El apóstol Pablo orienta en su carta a los Efesios:
«Y no participéis en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien, desenmascaradlas» (Efesios 5:11).

Cuando el cristiano se iguala al escarnecedor, no gana almas, sino que vacuna a las personas contra el Evangelio y crea resistencia a la fe mediante un mal testimonio.

Nada está oculto a los ojos de Dios

Muchos olvidan que Dios ve más allá del exterior. Las Sagradas Escrituras afirman:
«Y no hay cosa creada oculta a Su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13).

Dios oye las conversaciones, ve las intenciones, los acuerdos silenciosos, las risas cómplices y los consentimientos implícitos. La fe verdadera se revela en las decisiones diarias, incluso con quién se anda y dónde se sienta la persona.

Un llamado a la vigilancia

La reflexión es inevitable:

  • ¿Con quién te sientas?
  • ¿Qué tipo de conversación alimentas?
  • ¿Qué críticas apoyas, incluso en silencio?

Ser cristiano no es solo hablar de Dios, sino reflejar Su carácter.
Es vigilar, discernir y elegir, todos los días, no andar, no detenerse y no sentarse en la mesa de los escarnecedores.

Recuerda que Dios todo lo ve, todo lo sabe y ante Él todo es revelado.

Un principio bíblico

«Dime con quién andas y te diré quién eres.»
Este viejo dicho popular refleja un principio bíblico eterno:

«No os dejéis engañar: “Las malas compañías corrompen las buenas costumbres”» (1 Corintios 15:33).

No existe comunión entre la luz y las tinieblas.
No hay neutralidad espiritual: o el cristiano influye o será influenciado.

Por eso, la Palabra aconseja:
«Apártate de la presencia del necio, porque en él no discernirás palabras de conocimiento» (Proverbios 14:7).

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