La fe que nos mantiene inconmovibles

Algunos acuden a las iglesias solo para ser sanados, liberados y prosperados. Pero, aunque no está mal buscar las bendiciones que Dios prometió, la fe no nos fue dada únicamente para eso. Sino para algo mucho más importante: obtener la salvación.

Durante el Santo Culto del domingo 12 de julio, el obispo Franklin Sanches explicó que, a través de la fe, podemos vencer cada lucha y dificultad de la vida, sin embargo, su función principal es esta: ayudarnos a permanecer con el Señor Jesús hasta el final.

Incluso, el apóstol Pedro dijo: «… obteniendo, como resultado de vuestra fe, la salvación de vuestras almas» (1 Pedro 1:9).

«¿Cuál es el propósito de la fe?», preguntó. «Puede usarla para conquistar económicamente, para salvar a su familia, para ser sanado; está perfecto. Pero entienda que el propósito de nuestra fe es la salvación de nuestras almas. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿De qué sirve conquistar tantas cosas, si después su alma se pierde?».

El apóstol Pablo también dijo: «Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima» (1 Corintios 15:18-20).

Las tempestades nos fortalecen

A lo largo de nuestro andar con el Señor Jesús todos enfrentaremos situaciones complicadas. De acuerdo con el obispo, algunos incluso vivirán decepciones con pastores, obreros, miembros de la iglesia o personas que supuestamente son de Dios, «pero si usted tiene sus ojos puestos en Jesús, si tiene la conciencia de la razón de la fe, entonces nunca se va a desviar por nada ni nadie», explicó.

Por lo contrario, cuando vienen las tempestades, ellas nos fortalecen más. «Como está escrito en el Salmo 125 sobre el monte Sión, que es la razón de la Hoguera Santa: “Los que confían en el Señor son como el monte Sión, que es inconmovible, que permanece para siempre”. Es decir, aquellos que viven esta fe, que confían en el Señor, no se mueven. Pueden venir tempestades, tribulaciones, injusticias, persecuciones, y vendrán. Pero los que tienen sus ojos puestos en Jesús, son inconmovibles. No van a salir de la presencia de Dios por nada», explicó el obispo.

Testigos de Jesús

«Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante…» (Hebreos 12:1).

«Nosotros que estamos aquí, manteniéndonos en la fe, aun delante de todas las dificultades, somos testigos de Jesús. Mostramos a Jesús no solo por los milagros que recibimos, sino permaneciendo firmes con Él, aun cuando estamos pasando por situaciones difíciles», explicó el obispo, enseñando que, aunque las cosas no siempre salen como uno espera, es necesario continuar hasta alcanzar el objetivo: la salvación del alma.

«… puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:2).

Es decir, aunque uno sufra decepciones, traiciones y pérdidas, permanecerá porque tiene un propósito. «Nosotros estamos viviendo la fe de la Hoguera Santa del Monte Sión, ¿verdad? Pero mi objetivo no es ir solo al Sión físico. Mi objetivo principal es llegar al Sión celestial», destacó.

«Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos…» (Hebreos 12:22-23).

No solo pertenecemos a una iglesia física, sino a la Iglesia celestial, aquella cuyos miembros tienen sus nombres escritos en el cielo. «Por eso mantengo mi fe, por eso permanezco, por eso no desisto, porque tengo que mantener mi nombre escrito en el Libro de la Vida».

«… y a Dios, el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel» (Hebreos 12:23-24).

De acuerdo con el obispo, «si la sangre de Abel clamó por justicia, incluso después de su muerte, imagínese la sangre de nuestro Señor Jesús, que vive para siempre. Entonces, por Su sangre, seremos justificados, liberados y encontraremos el perdón de los pecados y la salvación eterna».

Finalmente, el obispo señaló que quienes desean tener una fe firme, capaz de permanecer hasta el final, necesitan recibir el Espíritu Santo: «Si Él no entra en su interior, usted no conseguirá tener esa clase de fe. Si usted no tiene el Espíritu Santo, puede soportar algunas cosas, pero no todas. Pero cuando usted recibe el bautismo con el Espíritu Santo, estará preparado para enfrentar lo que sea», finalizó.

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