«El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él.» (Romanos 8:16-17)
El propio Espíritu Santo confirma en nuestro ser que somos hijos de Dios. Muchos quieren ser hijos, pero no soportan sufrir en el desierto, en las persecuciones y humillaciones por causa del Evangelio. Si no padecemos por Él, tampoco seremos glorificados por Él. Vale la pena pasar por aflicciones y tener nuestro nombre escrito en el Libro de la Vida, para vivir la eternidad con Él en los Cielos.
