¡Escucha esta voz!

En este mundo, la mayoría enfrenta conflictos en el aspecto económico, familiar, laboral, etc. Pero ¿sabías que ninguno de ellos es el mayor problema de la humanidad?

Durante el Santo Culto del domingo 7 de junio, el obispo Franklin Sanches enseñó que muchas personas luchan contra ello convencidas de que son su mayor dificultad. Sin embargo, explicó que existe un problema mucho más grave: tener su alma lejos de Dios.

Hay quienes no quieren aceptar esa realidad. Además, asistir a una iglesia o profesar una religión no significa necesariamente estar cerca de Dios. ¿Cómo saber entonces si una persona realmente lo está? La respuesta se encuentra en sus acciones y en la manera en que vive. Como está escrito: «Pues cada árbol por su fruto se conoce» (Lucas 6:43-45).

Dios no planeó tu sufrimiento

«Pero Mi pueblo no oyó Mi voz, e Israel no Me quiso a Mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; caminaron en sus propios consejos» (Salmo 81:11-12).

Los israelitas estaban sufriendo lejos de Dios, aun así, no quisieron seguir Sus orientaciones. ¿Qué podía hacer Él? Lo mismo sucedió con Adán y Eva; vivían en el paraíso, no pasaban necesidades ni dolores. Sin embargo, no quisieron obedecer Su voz.

Él jamás planeó el sufrimiento de Sus hijos. Como explicó el obispo, «cuando uno decide traer un hijo al mundo, no dice: “Voy a tenerlo para que sufra”. Sino: «Quiero darle lo que yo no tuve»». Y Dios también pensó el dar lo mejor para los Suyos, «pero el hombre no quiso escucharlo. Y mire en lo que se convirtió la humanidad».

Lo que el mal quiere

«¡Oh, si Me hubiera oído Mi pueblo, si en Mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría Yo derribado a sus enemigos, y vuelto Mi mano contra sus adversarios» (Salmos 81:13-14).

«Tal vez mucha gente quiere su mal, pero usted no tiene que preocuparse por ellos». Para que esas cosas no le afecten, es necesario mantenerse en comunión con el Señor, «porque el enemigo solo prevalece cuando las personas están apartadas del Señor Dios».

Inclusive, algunos tratan de protegerse con amuletos como la pata de conejo. «Pero, si la pata de conejo diera suerte, ¿cree que alguien mataría al conejo?», preguntó el obispo. No obstante, eso es lo que el diablo quiere: ocupar su mente con distracciones, de esa forma, uno no puede ver su verdadera condición.

El Altísimo te preparó lo mejor

Si Su pueblo lo hubiera oído: «Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, con miel de la peña les saciaría» (Salmo 81:16). Así es, Dios planea darnos lo mejor. ¡Y todo lo que pide es que lo escuchemos y decidamos obedecerlo!

En la época del profeta Joel, el pueblo de Israel estaba en la miseria; no tenían ni para hacer ofrendas. «Para un judío, no poder ofrendar significaba el rompimiento de relación». Al respecto, el obispo Franklin explicó que, en la antigüedad, antes de entrar al templo las personas debían purificarse con agua, como señal de arrepentimiento y limpieza de sus pecados. Después llegaban al Altar, porque nadie podía acercarse a Dios sin pasar antes por él. Por eso, la ofrenda era parte de su relación con Dios.

En ese entonces la condición era grave, pero el verdadero problema era que se habían alejado de Dios. Y el profeta Joel fue enviado para hacerles ver aquello. Del mismo modo, el obispo destacó que el mayor problema de una persona no es la enfermedad, los conflictos familiares, las adicciones o las dificultades económicas, sino estar lejos de Dios. Mientras eso no se resuelva, los demás problemas seguirán siendo un peso.

El poder del arrepentimiento

«Ceñíos de cilicio, y lamentaos, sacerdotes; gemid, ministros del altar. Venid, pasad la noche ceñidos de cilicio, ministros de mi Dios, porque sin ofrenda de cereal y sin libación ha quedado la casa de vuestro Dios. Promulgad ayuno, convocad asamblea; congregad a los ancianos y a todos los habitantes de la tierra en la casa del Señor vuestro Dios, y clamad al Señor» (Joel 1:13-14).

Esa era la solución, que las personas se humillaran ante Dios, pues el orgullo era un obstáculo que no les permitía reconocer su necesidad.

«¿Cuánto tiempo cree que Dios necesita para cambiar su vida?», preguntó el obispo. Él puede hacerlo aquí y ahora. En el exterior, la transformación no será de la noche a la mañana, pero por dentro, el cambio es inmediato: quita los temores, la angustia y da paz.

Compartir este artículo
No hay comentarios