¿Eres de los que dices: «Señor, dame, dame, dame»?

¿Eres de los que dices: «Señor, dame, dame, dame»?

Por Departamento Web

Para recibir de Dios, muchos se consideran listos, pero ¿acaso están dispuestos a obedecerlo?

Muchos cristianos oran a Dios, ayunan y participan en propósitos de fe. Hay quienes han pasado de un extremo al otro del altar con su petición en mano y cumplido el voto que hicieron con Dios. No obstante, lo más importante, que es entregar la propia vida, fue omitido. Faltó poner en el altar todo lo que forma parte de la vida de la persona: sueños, planes, deseos, rencores e incluso el propio orgullo. Esa actitud que le agrada a Dios no sucedió. Ella incluso subió al altar, pero aún bajó llena de sí misma.

La verdad es que existe quien espera las promesas de Dios cumplirse (de una en una) en su vida como si esperara el cumplimiento de un contrato o simplemente eligiera lo que más le agrada en un menú del restaurante. Como niños berrinchudos, muchas personas solo han pedido y reclamado. Son cristianos que piden, que en sus oraciones repiten: «Señor, dame, dame, dame», pues quieren valerse de las bendiciones, pero no servir a Dios como el verdadero Señor de su vida.

Para recibir, se consideran listos, pero ¿acaso están dispuestos a obedecerlo?

¿Y la conquista espiritual?

Al respecto, el obispo Edir Macedo señaló algunas cuestiones que las personas necesitarían hacerse con la intención de analizar su propia condición espiritual: «¿Por qué no tengo todo lo que está prometido? ¿Por qué no tengo todo lo que le he pedido a Dios? ¿Qué me ha faltado? ¿Cuál es mi error? Mi vida no avanza, ¿por qué?». Después él preguntó: «¿Dios es injusto con usted, para que fuera hecho a un lado?».

El obispo Macedo mencionó que muchas personas, en lugar de desarrollar la fe, desarrollan la codicia y, por eso, tienen una mala vida. «Usted escucha, escucha, escucha, está lleno de la Palabra de Dios, volviéndose un obeso espiritual y nada sucede en su vida». Él destacó que la razón para que eso suceda puede estar en el hecho de que muchas personas priorizan las cosas materiales, personas o áreas de la vida, como «la conquista de la casa, del empleo, de la empresa, el matrimonio, la familia, las cosas externas», para después buscar el Reino de Dios y Su justicia.

El obispo incluso afirmó que, con Dios, no existen medios términos y que nuestra relación con Él debe compararse con un matrimonio: «en el matrimonio, hay una entrega suya para la persona. Es su todo por el de la otra persona. El matrimonio es una institución creada por Él precisamente para entender qué significa nuestra entrega a Él». Para que eso suceda, él habló de la necesidad de dejar atrás el peso del pecado y, consecuentemente, las dudas. «¿De qué sirve subir al Altar si está en el pecado? Usted tiene que entregar toda su vida. No sirve engañarse: su vida depende de eso, su eternidad depende de esa decisión», enseñó.

La mayor de las bendiciones

La transformación y las conquistas atestiguan la grandeza de Dios en la vida de alguien. Al final, nadie puede glorificarlo siendo rehén de una vida vacía, limitada o fracasada. Pregúntale a tu conciencia si eso tiene sentido. El propio Señor Jesús nos enseña: «Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. O suponed que a uno de vosotros que es padre, su hijo le pidepan; ¿acaso le dará una piedra? O si le pide un pescado; ¿acaso le dará una serpiente en lugar del pescado? O si le pide un huevo; ¿acaso le dará un escorpión?» (Lucas 11:9-12).

El problema es que muchos han basado sus peticiones bajo esa orientación y olvidaron un detalle, descrito en el siguiente versículo: «Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lucas 11:13).

Además de la acción de la fe, materializada en las oraciones y en los propósitos, Dios espera, por encima de todo, una vida completamente confiada en Él. Al sacrificar sus propios deseos y caprichos, la persona le entrega todo a Dios y, a su vez, Él le confía a ella Su totalidad, por medio del derramamiento de Su Espíritu. Esa es la mayor de todas las bendiciones.

Para esta y otras conquistas, el camino es el mismo: obedecerlo.

«Y sucederá que si obedeces diligentemente al Señor tu Dios, cuidando de cumplir todos sus mandamientos que yo te mando hoy, el Señor tu Dios te pondrá en alto sobre todas las naciones de la tierra. Y todas estas bendiciones vendrán sobre ti y te alcanzarán, si obedeces al Señor tu Dios» (Deuteronomio 28:1-2).

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