Envidia detectada

Envidia detectada

Por Departamento Web 2

Aun teniendo conocimiento de la Palabra de Dios hay quien, sin darse cuenta, se está transformando en una persona envidiosa

Ella viene de puntitas, como una semilla regada por el pensamiento que parece inofensiva, una mirada disfrazada o un comentario ligero. Aunque se niegue su existencia, poco a poco, la envidia va brotando, creando raíces y siendo cada vez más evidente. Entonces, te vuelves una persona envidiosa y expones ese sentimiento por medio del disgusto y hasta del odio por la felicidad ajena.

Para muchas mujeres, la envidia surge cuando observan las redes sociales y las publicaciones que solo revelan fragmentos de la vida de sus amigos y familiares. Pero lo que pocas reconocen es que la envidia puede aparecer hasta cuando oyen un testimonio en la iglesia, cuando se enteran de lo que alguien conquistó o cuando notan que la vida de la persona que hace los mismos propósitos de fe que ellas avanza más.

Entonces, comienzan a surgir la comparación, los cuestionamientos a Dios, los malos ojos y las dudas. Así, aun sin ser invitada, la envidia encuentra morada.

Algo similar ocurrió con los comentarios maliciosos de los fariseos en relación con los milagros que el Señor Jesús realizaba. La primera cosa que los envidiosos hacen es provocar, es incitar a la confusión, y hacer un comentario frente a todo el mundo para dejar a la otra persona sin chispa.

Aunque los fariseos eran judíos devotos y tenían pleno conocimiento de la Ley, al no tener experiencias con la Palabra de Dios solo eran religiosos, con mucha información, pero con casi nada de convivencia con Dios.

Jesús no se dejó intimidar y siguió cumpliendo Su misión con excelencia. Mientras que los fariseos, en vez de ver aquellos milagros y enseñanzas como la oportunidad de reconocer que el Salvador estaba delante de ellos, perdieron esa oportunidad por cuenta de la envidia intensificada contenida en sus comentarios. Eso ocurrió porque la envidia ciega de tal forma que ni aquello que es obvio es notado.

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Identificarla y actuar

Es posible discernir si has sido una persona envidiosa o no: ¿cuáles son tus comentarios con respecto a los testimonios que has escuchado? ¿Y cuando ves a alguien haciendo lo que tú no haces? ¿No será que en el fondo haces tus comentarios porque tienes una ligera envidia? Si dices que ya fuiste bautizado con el Espíritu Santo y eres envidioso, es porque no naciste de Dios y mucho menos fuiste bautizado con el Espíritu Santo.

La envidia también es una señal de que la persona no vive la Palabra de Dios y, en consecuencia, llega un momento en que la persona envidiosa estará cada vez más lejos del Señor y del cumplimiento de Sus promesas y eso puede traer serios maleficios, al final: «El corazón apacible vivifica el cuerpo, pero la envidia es carcoma en los huesos» (Proverbios 14:30).

Si has sido una persona envidiosa, pídele ayuda a Dios para liberarte y, si es necesario, pídele perdón también a quien dirigiste tus comentarios maliciosos.

Quien teme a Dios y tiene Su Espíritu no envidia las conquistas de su prójimo, aun cuando lo que ve ahí es la realización de su deseo más profundo. Entonces, ¿qué es lo que la persona hace? Se satisface por la felicidad ajena, ve la confirmación de que en el tiempo oportuno también será bendecido y usa ese testimonio como combustible para continuar manifestando su fe y probar que confía en Dios.

Vale recordar que, queriendo o no, la envidia siempre existirá, sea en nuestro interior o cuando somos su objetivo, como el propio Señor Jesús lo fue. Quien es víctima de la envidia ajena puede terminar preocupándose con los comentarios o por su reputación. Pero ese no es el comportamiento de quien es de Dios porque la fe está ligada a aquello que haces para Dios, y no a lo que las personas aprueban en ti.

De esta forma, quien se asume como un verdadero cristiano no se permite ser envidioso, tampoco juzga a los demás o se deja llevar por la envidia ajena. Vamos a estar alerta y pensar en nuestra vida espiritual. Nuestra alma es nuestra responsabilidad y de nadie más.

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