Parece que algunas personas ya nacieron siendo elegantes. Desde la cuna, con sus pañalitos, ya derrochaban brillo.
Crecieron y siguen luciendo bien tanto con unos pantalones de mezclilla y una camiseta blanca como con una camisa italiana y zapatos de cuero purísimo.
La ropa elegante no hace a la persona, así como la ropa simple tampoco la desmerece.
No es solo la ropa la que nos viste; nosotros vestimos nuestra ropa y le damos una personalidad única. Porque la elegancia, al final, no está en lo que uno se pone, sino en la sonrisa, en la postura, en el carácter, en la mirada.
Por eso, las personas pueden incluso llevar la misma prenda, pero su apariencia será totalmente distinta.
¿Ya te diste cuenta de eso?
Recordando cierta película, alguien puede incluso usar Prada, pero si el alma es soberbia, si la lengua es hiriente y si el corazón está mal, no hay marca que lo arregle.
Al pronunciar media docena de palabras, la supuesta elegancia se evapora junto con la etiqueta cara; el reloj de marca se vuelve bisutería y todo lo demás pierde su valor.
Entonces, antes de pensar en el look, ¿vamos a pensar en lo que llevamos dentro?
El verdadero valor de la elegancia
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