Él honra a quienes lo honran
Esa imagen es muy conocida en nuestra iglesia. La niña asustada, entre mi padre y mi madre, soy yo.
En ese Altar había otras personas. Hoy, solo nosotros y ese señor permanecemos.
Sí, el precio para permanecer en el Altar es la lealtad. No a los hombres, sino al Dios que lo levantó.
No es fácil ser leal. Es necesario negar el ego, las propias opiniones, la propia voluntad y, muchas veces, incluso ir a contracorriente de quienes están a nuestro alrededor y no comprenden las exigencias de una vida en el Altar. Por eso existen tantos malentendidos. El Altar no siempre nos justifica de inmediato, porque parte del sacrificio es permanecer en silencio en medio de las calumnias.
Pero Dios no queda debiendo nada a quienes viven para Él. Todo sacrificio que hemos hecho en ese Altar ha sido recompensado con beneficios que no se compran ni se alcanzan por mérito humano.
Pues Él honra a quienes lo honran.
Que comience el Año del Jubileo.
