En la última reunión de obreros, del Mes del Id, se recalcó la importancia de cuidar de nuestra salvación, pues quienes no lo han puesto en práctica, se han perdido. Muchos, aunque estuvieron en la iglesia y se bautizaron en las aguas, hoy ya no están porque permitieron que entrara el pecado a sus vidas. ¿Pero por qué sucede esto? Todo está en su proceso de conversión, en la falta de arrepentimiento.
Durante el encuentro se explicó que todas las personas llegan a la iglesia con problemas y bajo la influencia del mal, pero que, a través de la fe en el Señor Jesús, comienzan un proceso: primero, liberación; después, el bautismo en las aguas. Sin embargo, no todos entienden que el bautismo solo tiene sentido cuando hay arrepentimiento verdadero. Sumergirse en el agua solo por remordimiento o como un deber religioso sin renunciar al pecado no cambia la vida ni mucho menos el interior de la persona.
Muchos se bautizan, pero siguen sintiéndose atraídos por el mundo porque no han roto con él. Pero no existe comunión entre la luz y las tinieblas. Debemos reflejar a Jesús en nuestras actitudes, alejándonos del pecado y dando buen testimonio.
Sin arrepentimiento, la persona sigue vulnerable. Por eso algunos, aun habiendo sido liberados o sanados, terminan cayendo y abandonando la fe, porque nunca dejaron realmente el mundo. Cuando hay arrepentimiento genuino, nace un fuerte rechazo hacia el pecado, no atracción.
Por ello se recalcó que, cuando no se cuida la vida espiritual, es fácil caer en pecado. Un ejemplo de esta situación y de arrepentimiento sincero es el rey David. Cuando se quedó a descansar en lugar de ir a la guerra, adulteró con Betsabé, y para ocultarlo terminó causando la muerte de Urías. Su pecado lo alcanzó y sufrió las consecuencias hasta que Dios lo confrontó y él se arrepintió.
Así sucede hoy, por eso se alertó que muchas personas caen ante pensamientos como «no vayas a la iglesia» o «ya hiciste suficiente», sin notar que son trampas del diablo para enfriar su fe. El enemigo no se preocupa por quienes ya están lejos de Dios, sino por quienes buscan permanecer firmes.
Además, se enfatizó que el arrepentimiento no es solo cambiar de conducta, sino de pensamiento, sentimiento y dirección. Por eso, cuando alguien reconoce su pecado, el primer paso es confesarlo.
A pesar de los errores, Dios no nos condena; la Biblia deja claro que el deseo del Señor es que nos reconciliemos con Él. Si nos volvemos a Dios, Él se vuelve a nosotros.
Salvos para salvar
Durante la reunión se puso énfasis en que una vez que nos arrepentimos y recibimos el Espíritu Santo, el Creador nos da una orden: ir y hacer discípulos. Fue Su último mandamiento antes de ascender: «Id y haced discípulos a todas las naciones… El que crea y sea bautizado será salvo» (Marcos 16:15-16).
Esto no fue una sugerencia de Dios, sino un llamado para todos, porque la obra es grande y Él necesita siervos dispuestos a hablar de Su salvación y así ganar almas para Su Reino.
Asimismo, se les recordó que el verdadero siervo obedece con alegría y no elige dónde servir, simplemente se pone en las manos de Dios. Exhortando que quienes dicen: «Tengo una carrera, una vida estable; o tengo sueños, puedo tener éxito en lo que hago, pero quiero servir a Dios por completo», ese deseo es un llamado para el Altar.
En el mundo hay riesgos, pero en el Altar no falta nada. Servir a Dios no es un empleo, sino vivir para ganar almas, atender a los sufridos y salvar a los perdidos. Quien se entrega al Altar vive para Él y por Él.
