«Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Juan 2:16-17).
El injusto, que no quiere andar por el camino del bien, prefiere satisfacer los deseos de su carne de muchas maneras, y sus ojos siempre están en busca de algo más que experimentar. Codicia lo ajeno y la envidia invade su ser. Su placer consiste en ostentar un estilo de vida que revela el inmenso vacío de su alma, llena de insatisfacciones y decepciones con todo y con todos.
Sin embargo, quien conoce a Dios sacia su sed con la alegría de la salvación y disfruta de una vida de paz, amparada por el cuidado y la protección del Padre celestial.
