Un solo pueblo. Una sola lengua. Un solo pensamiento. Un solo Padre. Un solo cuerpo. Una sola cabeza.
En el mundo, somos incentivados a ser diferentes, a tener nuestras propias opiniones, a pensar en nosotros mismos, siempre y primero. El individualismo es exaltado como virtud, y la mayoría lo abraza.
Pero en el día de Pentecostés, algo extraordinario ocurrió en aquel cenáculo donde solo 120 discípulos permanecieron en Jerusalén, obedeciendo. Allí, ellos se volvieron uno solo con Jesús, a través del bautismo con el Espíritu Santo. Y comenzaron a hablar una lengua extraña que, milagrosamente, fue comprendida por griegos, romanos, sirios y muchos extranjeros.
¿Cómo? ¿Sería esa lengua el origen de todas las demás? ¿La primera que el ser humano hablaba antes de la torre de Babel? ¿Y qué nos revela eso? Tal vez que el Espíritu Santo vino para unificarnos como el Padre siempre lo planeó.
Una sola lengua. Una sola mente. Una sola voluntad. Una sola misión.
Y es justamente por eso que muchos no reciben el Espíritu Santo: no están dispuestos a renunciar a su individualidad, a su manera, a sus sueños…
