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El acoso rara vez comienza de manera evidente: suele hablar en voz baja. Se presenta en forma de un comentario «inocente», de una mirada insistente, de un acercamiento innecesario, de una broma inoportuna.
Es tan sutil que la propia víctima, muchas veces, intenta convencerse de que no fue nada. Al final, parece absurdo pensar que alguien esté cruzando un límite a propósito.
Pero vuelve a suceder. Y después otra vez.
La frecuencia aumenta. Los límites comienzan a ponerse a prueba. «Quizá le guste. Quizá lo permita. Tal vez esté dando pie…»
Así piensa quien no comprende, o simplemente ignora, que el acoso no es un elogio, no es coqueteo, no es una conquista. Es una falta de respeto.
En muchos ambientes, todavía se trata como algo normal. Y quizá sea precisamente por eso que tantas mujeres sonrían con incomodidad. No porque les guste, sino porque no saben cómo reaccionar en ese momento. Porque enfrentar al agresor, muchas veces, también significa enfrentar los comentarios a sus espaldas, los juicios y el viejo intento de invertir la culpa.
«Ella lo provocó».
«A ella le gustó».
«Está exagerando».
No. A ninguna mujer le gusta ser acosada. Ella no se viste para ser acosada. Quiere trabajar, caminar, vivir y existir sin que su cuerpo sea tratado como una invitación. Solo quiere lo que nunca debería tener que pedir: respeto.
