Durante la última reunión de siervos, el obispo Franklin Sanches expuso dos diferencias esenciales para la vida espiritual: el alma viviente y el Espíritu que da vida, así como el derecho de ser hijos de Dios y el poder del Espíritu Santo.
Basado en 1 Corintios 15:45 “El primer Adán fue hecho alma viviente; el último Adán, Espíritu que da vida”, explicó que el primer Adán representa a quien vive guiado por sus emociones y deseos. Aunque puede sentir remordimiento, no experimenta una transformación real, por lo que permanece en una fe superficial e incluso religiosa. En contraste, Jesucristo, el último Adán, es el Espíritu que da vida: quien permite al ser humano reconocer su condición, arrepentirse y cambiar verdaderamente.
El obispo advirtió que el mayor riesgo espiritual es no nacer del Espíritu, ya que muchos, aun dentro de la iglesia, continúan viviendo solo como alma.
“Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su Nombre” Juan 1:12
Nadie nace siendo hijo de Dios ni depende de la religión, sino de recibir a Jesús con un arrepentimiento genuino. Esta obra no la realiza ninguna institución, sino el Espíritu Santo, convence de pecado y lleva a la persona a entregarse al Señor.
Asimismo, destacó que el nuevo nacimiento se evidencia en el carácter: una vida que refleja al Señor Jesús en la manera de pensar, actuar y relacionarse, dentro y fuera de la iglesia. Quien la ve, ve a Jesús reflejado en ella.
“… pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.” Hechos 1:8
Finalmente, el obispo explicó que el creyente no solo recibe el derecho de ser hijo (exousia), sino también el poder (dynamis): una fuerza sobrenatural. Cuando recibimos ese poder del Espíritu Santo, somos capacitados para hacer la obra de Dios y servir con intensidad y entrega.
Ese poder transforma a la persona: ya no es conformada, fría ni resignada, sino viva, activa y dispuesta a dar más por Jesús. Quien recibe el Espíritu Santo se vuelve un verdadero testigo, no habla de algo que oyó, sino de lo que vivió y experimentó.
Este poder hace avanzar la obra de Dios. Cambia la manera de orar, de servir y de tratar a las personas. El creyente lleno del Espíritu vive una fe práctica, transmitiendo vida, fe y transformación dondequiera que esté.
Durante la reunión, el obispo hizo un llamado a autoevaluarnos y ver si realmente somos hijos de Dios, y si somos hijos, si tenemos ese Dynamis.
