La peor forma de avaricia quizás no sea la financiera, ni la de cosas materiales o físicas, sino la espiritual. Es cuando retenemos aquello que fue derramado sobre nosotros para ser compartido. Cuando Dios nos llena con el agua de la vida, pero decidimos no dejarla fluir. Colocamos barreras. Inventamos excusas. Nos escondemos detrás de las dificultades, como si fueran justificaciones para no obedecer.
Y mientras tanto… Lo que debía brotar, se estanca. Lo que debía fluir de forma natural, se seca. Lo que debía alcanzar a otros, muere en nosotros.
La avaricia espiritual es silenciosa. Nos convence de que estamos esperando el «momento adecuado», cuando en realidad solo estamos reteniendo lo que ya deberíamos haber entregado hace mucho tiempo.
Dios nos da, no para que seamos depósitos, sino canales. Mientras que un depósito de agua solo almacena lo que recibe (retiene), el canal de agua transporta lo que recibe de un lugar a otro (dona, fluye).
Como se ha dicho: «Cuanto más retenemos, menos tenemos. Y cuanto más damos, más recibimos».
«Hay quien reparte, y le es añadido más, y hay quien retiene lo que es justo, solo para venir a menos.» (Proverbios 11:24).
Quizás por eso muchos están vacíos de Dios y llenos de tantas otras cosas… Porque eligieron retener. Porque se aferraron a lo que debía ser entregado.
La verdad es que quien no reparte lo que recibe, en algún momento deja de recibir. No porque Dios sea malo… Sino porque la fuente solo permanece donde hay desagüe.
Que tengamos la sensibilidad y el valor de no retener aquello que Dios nos dio para entregar.