Del desierto al jardín

Del desierto al jardín

Por Departamento Web

Una de las cualidades más admirables del ser humano es su capacidad de transformar las derrotas en victorias.

Para castigar a una persona y no ensuciarse las manos con sangre era costumbre de algunos pueblos del pasado, que vivían en Oriente, dejarlas en el desierto inhóspito para morir. Era una pena de muerte solitaria y lenta, ¿pues quién lograría sobrevivir?

Sin embargo, para sorpresa de sus verdugos que rondaban las cercanías tiempo después, en busca del cadáver, no encontraban los restos mortales de algunos ni el desierto. Quiere decir, esas personas lograban sacar fuerzas de la debilidad para revertir la situación a tal punto que creaban un oasis en aquella región. Por eso, muchos pueblos y ciudades empezaron con alguien siendo castigado.

Al tomar nota de eso, me acuerdo de mi infancia. Desde muy pequeña me di cuenta de que la vida no era un lecho de rosas debido a los graves problemas familiares. El matrimonio de mis padres era muy turbulento, con un sinnúmero de peleas e idas y venidas. Era tanto sufrimiento que, durante varias ocasiones, deseé el fin de aquella unión. Yo creía que era mejor verlos separados que presenciar una tragedia, tamaña era la gravedad de las agresiones.

Escuché palabras duras y viví situaciones terribles que me lastimaron profundamente. Fueron años de golpes crueles en mi alma que provocaron heridas profundas. Yo tenía todo para ser reprimida y agresiva con las personas. Podría ser insensible y bloqueada emocionalmente a causa de los traumas. E incluso podría cometer muchos errores y justificarlos con mi pasado difícil.

Pero, conocer al Señor Jesús trajo la cura para mi alma, la paz para mis conflictos y la liberación de mis traumas. Fueron muchas luchas internas que tuve que vencer para llegar aquí. Sé que todo lo que pasé me volvió más fuerte y tuve más experiencia para ayudar a las demás personas.

Pienso que aquellos que no vencen sus traumas terminan hiriendo a los demás, así como fueron heridos.

Reflexione conmigo: nadie tuvo ni tiene más adversidades que Dios. Su historia con el ser humano está marcado por el cuidado y la fidelidad, pero, a cambio, Él recibe rechazo y abandono. En todo el tiempo Él comprende, pero no es comprendido. Y amó a las personas de una forma tan intensa y extraordinaria que fue capaz de dar todo —a Su único Hijo— pero no es amado por la mayoría.

La trayectoria terrenal del Señor Jesús muestra que con Él también no fue diferente, pues pasó dificultades, e incluso en Su nacimiento. Imagine al Rey de reyes teniendo que nacer en un establo y siendo acostado, recién nacido, ¡en el pesebre donde los animales se alimentaban!

Vivió en la simplicidad cumpliendo toda la Ley y Justicia para enseñarnos. Aun así, no Le hicieron caso. También fue rechazado, traicionado y condenado por un crimen que no cometió. Peor aún, es tratado por su pueblo hasta el día de hoy como un falso Mesías. Ah, ¡pero Él usó ese rechazo para alcanzarnos! ¡Por eso estamos aquí!

Incluso pasando por el desprecio, el Señor Jesús sigue siendo Quien es y sigue haciendo lo que Él hace. Dios no se deja llevar por las indiferencias que sufre. No cambia Su Palabra porque la critican. No altera Su carácter para agradar a aquellos que Lo desprecian. En toda la Sagrada Escritura Lo vemos firme e inquebrantable en Sus propósitos eternos, aunque el hombre no vuelva a Él.

Entonces, si usted aún vive bajo la influencia de sus traumas y sufrimientos, o los usa como excusas para justificar su manera de ser, sus errores y problemas, piense bien en lo que acabo de leer. No sea prisionero de su propia historia, sino vuélvase más fuerte y experimentado a través de TODO lo que usted vivió.

Núbia Siqueira

  • Vida a Colores

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