«Cuando mi mamá fue desahuciada, pensé que quedaría huérfana y con la responsabilidad de mis hermanos. Esa angustia se transformó en depresión y ansiedad: dejé de comer, de dormir y de cuidar mi aspecto; solo quería permanecer en cama. Llegué a tomar pastillas para la depresión, aunque temía volverme dependiente de ellas.
Buscando alivio, empecé a beber y a rodearme de amistades equivocadas, pero nada funcionó. Con el tiempo, comenzamos a asistir a la Universal y noté cómo mi mamá mejoraba. Yo, sin embargo, seguía sin creer y pensaba que lo que allí se enseñaba no era para mí.
Las crisis de ansiedad aumentaron hasta que, un día, me quebré por completo. Fue entonces cuando escuché la Palabra: “Vengan a Mí los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar”. Al comprender esto, decidí buscar al Padre Celestial con todas mis fuerzas. Y cuando recibí Su presencia, los pensamientos de muerte desaparecieron y mi vida cobró sentido.
Así comprobé que solo Dios puede llenar el vacío del alma y dar un nuevo comienzo a quienes se entregan por completo a Él.» -Asunción de Jesús
