El Señor Jesús vino a este mundo para llevar de regreso al ser humano al Reino de Dios. Por eso, cuando comenzó Su ministerio, dijo: «Ciertamente ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Mateo 12:28). ¿Por qué? Porque ese Reino se había perdido.
Durante el Santo Culto del pasado 20 de septiembre, el obispo Franklin Sanches enseñó que cuando Dios creó al hombre, lo colocó en el Edén. Ese lugar era el Reino de Dios en la Tierra; representaba la voluntad del Altísimo para el ser humano: abundancia, salud, prosperidad, armonía, paz y una familia.
«El hombre vivía en un pedacito del cielo en la Tierra. Sin embargo, satanás llevó al hombre a desobedecer y, como consecuencia, el hombre perdió el Reino de Dios y fue expulsado del Edén», explicó. Desde entonces, el ser humano comenzó a vivir bajo el reino de este mundo, que está controlado por satanás, y marcado por el dolor, el sufrimiento y la miseria.
«Entonces el Señor Dios dijo: He aquí, el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal; cuidado ahora no vaya a extender su mano y tomar también del árbol de la vida, y coma y viva para siempre. Y el Señor Dios lo echó del huerto del Edén, para que labrara la tierra de la cual fue tomado» (Génesis 3:22). «Es decir, si el hombre comiera del árbol de la vida estando en pecado, el hombre sería como lucifer, no tendría la posibilidad de la salvación».
Negarse a sí mismo y entrar en Su Reino
Las personas quieren los beneficios del Reino de Dios: paz, prosperidad, una familia feliz, un matrimonio estable. No obstante, continúan viviendo en el reino de este mundo. De acuerdo con las enseñanzas del obispo, hay algo que debemos entender: si uno quiere vivir en el Reino de Dios, hay un precio que pagar: «Y ese precio no es dinero. Es el sacrificio de mi propia vida. Es la renuncia, decidir entregar mi vida al Señor Jesucristo».
El propio Jesús dijo: «Yo Soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan 14:6).
«No hay otro camino. Él dijo: “Yo Soy el camino”. No dijo: “Yo soy uno de los caminos”. Y mientras uno no entienda eso, puede estar dentro de una iglesia, pero fuera del Reino de Dios», explicó.
Jesús también dijo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mateo 16:24). Negarse a sí mismo significa negar nuestra voluntad, nuestro «yo». «Por ejemplo, nadie quiere perdonar. Al contrario, uno quiere que la otra persona “pague” por lo que hizo. Todo ser humano tiene esa tendencia», enseñó el obispo. Sin embargo, Jesús enseñó que debemos negar esa voluntad y perdonar, incluso sin sentir ganas. Por eso, «si quiero ser parte del Reino de Dios, no puedo entrar con resentimiento, con rencor, con odio, etc.».
Una decisión individual
Cada persona es responsable de sus decisiones. El obispo Franklin enseñó que Adán perdió el paraíso porque decidió desobedecer. Asimismo, explicó que muchos culpan al diablo de sus malas elecciones; pero, aunque él puede tentar, no obliga al ser humano a pecar: Dios concedió al hombre el libre albedrío, y nuestras decisiones tienen consecuencias.
«Entonces, observe que perdemos el paraíso, el Reino de Dios, por nuestras decisiones […]. Es algo que tenemos que aprender. Si quiero tener una vida plena, solo hay una manera: entregarme al Señor Jesucristo y tomar la decisión de obedecerlo, porque Él es el camino de regreso al paraíso», comentó.
Esto queda claro en la historia de los dos malhechores que estaban junto a Jesús durante Su crucifixión. Ambos estaban en las mismas condiciones, habían cometido crímenes, pero uno tomó una decisión diferente del otro. Mientras que uno se burló de Jesús, el otro reconoció su pecado y le pidió: «Acuérdate de mí». Y Jesús le respondió: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).
De acuerdo con el obispo, los dos tuvieron la misma oportunidad, pero cada uno tomó su propia decisión. Y nosotros también tenemos una decisión que tomar: Podemos continuar viviendo bajo el reino de este mundo o arrepentirnos de nuestros pecados, entregar nuestra vida al Señor Jesucristo y asumir nuestra fe en Él, sin importar lo que los demás digan.
Entregarse no se trata de estar con un pie adentro y otro afuera de Su Reino, sino de entregar toda la vida. «Seguramente, el alma de aquel hombre se llenó de paz cuando Jesús le dijo que estaría con Él en el paraíso […]. Porque supo que, a partir de ese momento, ya pertenecía al Reino de Dios», enseñó.
Al finalizar, el obispo realizó una oración por quienes, con sinceridad, decidieron entregarse a Él: «Usted también puede ser parte del Reino de Dios aquí en la Tierra. Voy a orar por usted».
