El Reino de Dios no es un lugar físico, sino una realidad espiritual que comienza dentro de cada persona que decide sujetarse a la voluntad de Dios.
¿Qué es el Reino de Dios en la práctica?
El Reino de Dios no se limita al cielo futuro, sino que puede vivirse aquí en la Tierra. Se trata de un estado en el que Dios gobierna la vida de la persona. Jesús dejó esto claro al afirmar que es necesario nacer de nuevo para ver y entrar en ese Reino (lee Juan 3:3-5). Es decir, no se trata de religión, sino de una transformación interior.
De acuerdo con el obispo Edir Macedo, «el Reino de Dios no es una institución religiosa, ni pertenece a una denominación específica. Está disponible para todos, pero solo entra quien nace del Espíritu. Cuando eso sucede, la persona pasa a vivir bajo una nueva dirección, con una nueva mente y un nuevo corazón. Es como si el cielo comenzara dentro de ella, y esa experiencia sostiene su fe incluso frente a las dificultades de la vida».
El nuevo nacimiento: la puerta de entrada
Por lo tanto, para formar parte del Reino de Dios, no basta con asistir a una iglesia o tener conocimiento bíblico. Es necesario un nuevo nacimiento espiritual. Ese proceso implica una entrega total de la vida a Dios, permitiendo que Él asuma el control, así como un señor gobierna su reino.
Cuando alguien nace de Dios, se convierte en Su propia gloria en la Tierra. Dios no necesita nada, pero espera que esa persona Lo glorifique con su propia vida. Eso significa vivir de acuerdo con Su Palabra, alinear deseos y voluntades a la voluntad Divina. No es una fe de apariencia, sino una transformación real, que cambia actitudes, pensamientos y decisiones.
El Reino de Dios y la familia
Es posible hacer comparación entre el Reino de Dios y la estructura familiar. Así como una casa necesita orden y un líder, el Reino también funciona bajo autoridad. Cuando Dios es el Señor, hay paz, unidad y respeto; cuando no existe eso, se instala el caos.
También puede compararse con el matrimonio, es decir: una alianza sagrada que implica compromiso, fidelidad y entrega total. Así como en el matrimonio hay una unión que sella el compromiso, la fe también exige un «sacrificio» personal, simbolizado por la renuncia de la propia voluntad.
La alianza con Dios no es simbólica, es real. Así como en el matrimonio hay una entrega total, en la relación con Dios también la hay. El sacrificio de la propia voluntad puede incluso generar dolor, pero es un dolor acompañado de alegría, porque se trata de vivir por una causa mayor. Esa entrega es la que marca a quienes realmente pertenecen al Reino de Dios.
A diferencia del mundo, marcado por el desorden y los conflictos, el Reino de Dios se caracteriza por la unidad y una sola dirección. En ese Reino no hay disputa de autoridad, porque todos reconocen a un solo Señor.
«El Reino de Dios es un Reino de disciplina, orden y justicia. Todos tienen el mismo espíritu y caminan en la misma dirección. Cuando alguien no se sujeta a ese orden, demuestra que todavía no forma parte de ese Reino. Pero aquellos que viven bajo ese gobierno experimentan paz, seguridad y propósito, independientemente de las circunstancias externas», explica el obispo.
En la práctica
Vivir el Reino de Dios exige decisión y actitudes prácticas:
- Buscar el nuevo nacimiento
- Rendir la vida a la voluntad de Dios
- Vivir de acuerdo con la Palabra
- Mantener disciplina espiritual y comunión con Dios
Más que entender el concepto, es necesario vivir esa realidad diariamente.
