«En verdad os digo: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.» (Marcos 10:15)
En el Reino de Dios entran aquellos que son sinceros, humildes y creen en Sus palabras, así como el niño que recibe y cree en lo que se le dice; no hay malicia, ni desconfianza, ni dudas.
Lo mismo ocurre con aquel que se entrega a Dios sin reservas: cree de hecho y de verdad. Con el corazón humilde y puro como el de un niño, procura conocerle profundamente y hace Su voluntad, andando en Su disciplina, de cuerpo, alma y espíritu.
