¿Cómo Dios ve a una autoridad?

¿Cómo Dios ve a una autoridad?

Por Departamento Web

Desde tiempos antiguos, el pueblo siempre necesitó la figura de un líder que gobernara y lo representara, como sucedió en Israel, por ejemplo, en el periodo bíblico, después de que la nación fue gobernada por jueces, especialmente por el profeta Samuel. El pueblo empezó a rechazar ese modo de gobierno que Dios había constituido, menospreció el liderazgo de Samuel y pidió un rey que lo gobernara, según fue registrado en las Sagradas Escrituras: “Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró al Señor” (1 Samuel 8:4-6).

Pero Dios, que conoce el interior del hombre, sabía que el rechazo de Israel no era al profeta Samuel y que el pecado practicado por sus hijos solo fue una excusa para que el pueblo hiciera esa exigencia, como fue descrito en 1 Samuel 8:7-8: “Y dijo el Señor a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a Mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a Mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo”.

Entonces, el profeta Samuel, al mando de Dios, alertó a los israelitas sobre las consecuencias de tener un rey representándolos: él podría poner a sus hijos para la servidumbre y a sus hijas como cocineras y se apoderaría de lo mejor que tuviera el pueblo, como propiedades y rebaños. Sin embargo, el pueblo no escuchó a Samuel.

La autoridad permitida por Dios

De acuerdo con la Biblia, Samuel, entonces, convocó al pueblo y reunió a todas las tribus, hasta la de Benjamín, para llegar a Saúl, hijo de Quis. Saúl era joven, alto y hermoso. Se destacaba por la apariencia y cumplía las expectativas de los israelitas que deseaban exhibirles un rey a las naciones vecinas. Entonces, Dios instruyó que Samuel lo ungiera como el primer rey de Israel, cumpliendo así el deseo del pueblo.

La elección no era conforme a la voluntad de Dios, sino conforme al pedido del pueblo judío. Al final, el Señor no rechazó gobernar Israel; fue Israel que insistió por el reinado de una figura humana, y así, Él lo permitió. El pueblo, entonces, se alegró con la elección de Saúl.

Saúl empezó bien su reinado: lideró el ejército que derrotó a los enemigos de Israel, como los amonitas, y tuvo su gobierno marcado por batallas, especialmente las que enfrentó en contra de los filisteos —la principal nación enemiga. Fue en esas batallas que el joven David salió del anonimato al matar al gigante Goliat.

Pero los pecados de Saúl arruinaron su reinado. Él dejó de confiar en el Señor y, en una de las batallas contra los enemigos amalecitas, desobedeció la orden de Dios de exterminar totalmente a aquel pueblo. En lugar de eso, perdonó la muerte del rey y lo mejores animales.

Dios conocía el corazón de Saúl, que, en realidad, siempre estuvo distante de Él. Entonces, el profeta Samuel le anunció a Saúl, que el Señor lo había rechazado y que buscaba un nuevo rey para aquella nación: “un varón conforme a Su corazón” (1 Samuel 13:14).

La autoridad de la voluntad de Dios

Después de rechazar a Saúl, Dios le anunció a Samuel la elección de David. A diferencia del primer rey, David no fue elegido por la apariencia, sino por su corazón. Dios le dijo a Samuel: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

Cumpliendo lo que Dios había ordenado, Samuel se fue a la casa de Isaí, padre de David, para ungir al elegido de Dios como el próximo rey. Entonces, desde aquel día en adelante, el Espíritu del Señor vino sobre David (1 Samuel 16:13). Él ya no estaría solo y su reinado tendría la dirección del Espíritu de Dios, a diferencia de Saúl. Esa es la principal característica de una autoridad instituida por la voluntad de Dios.

Perseguido por Saúl, David vivió como fugitivo durante un periodo. Él siempre respetó la autoridad de Saúl, aun cuando fue amenazado de muerte por él. Al saber de la muerte de Saúl, David rasgó sus vestiduras en señal de tristeza y lloró (2 Samuel 1:11-12).

David solo asumió el trono después de la muerte de Saúl y de sus hijos, cuando tenía 30 años. Sus logros fueron grandes. Su reinado fue marcado por las luchas, destacándose aquella en la que derrotó a los filisteos. Entre sus hechos, se llevó el Arca de la Alianza (la representación de Dios en medio de Su pueblo) a Jerusalén y orientó a su hijo Salomón en cuanto a la construcción del Templo. A pesar de sus defectos, él siempre se arrepentía delante de Dios con humildad.

Dios siempre permitió que el hombre ejerciera su autoridad, fuera instituida o permitida por Él. En el panorama actual es diferente: un buen gobierno representa la solución de los males sociales. De esa forma, el pueblo debe meditar para no cometer el mismo error de Israel, que solo consideró la apariencia del primer rey. Al contrario, es necesario analizar bien las propuestas de nuestros candidatos, pues la calidad de la autoridad sobre los electos se reflejará en sus mandatos y en el pueblo.

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