Medita en el mensaje de hoy…
Esa soy yo, a los 17 años. Casada con mi primer voto, mi primer beso, mi primera pasión y mi primer novio.
No conocí el mundo, no experimenté sus dolores, ni probé de sus ilusiones. Elegí temer a Dios antes incluso de conocerlo, y así, viví dentro de una burbuja que me libró de heridas que tantas jóvenes de mi edad llevaban. Yo me sentía privilegiada por eso.
Pero pronto descubrí que también necesitaba aprender a sufrir. Desarrollar fuerza. Resiliencia. Perseverancia. Todo lo que el Espíritu Santo es en mí. Y para eso, Él permitió que vinieran las inseguridades, las comparaciones, la carencia, los complejos… cargas que yo ni siquiera sabía que estaban en mi interior.
Fueron 12 años luchando contra esos conflictos, creyendo que eran parte de quien yo era, pensando ingenuamente que no había salida para mí. Hasta que casi tiré por la borda la mayor bendición que Dios me había dado: aquel primer voto con Él.
Entonces, como un milagro, me vi a mí misma. Percibí que mis conflictos no venían de Renato, ni de las personas, sino de mí misma.
Hoy entiendo: era Dios formándome. En el desierto, en el dolor, en las lágrimas. Él me estaba moldeando para usar mi vida como respuesta. Para que yo pudiera ayudar a tantas otras mujeres que, como yo, están a la deriva en un limbo emocional, llevadas por las olas y naufragando en cada una de ellas.
