Antes de Cristo y después de Cristo

<strong>Antes de Cristo y después de Cristo</strong>

Por Departamento Web 2

Muchas personas se dicen hijas de Dios, pero al comparar sus vidas y actitudes a la luz de la Palabra, quedan muchas interrogantes.

Si miramos para la historia de la humanidad, quedó marcado el momento en el que entró el Señor Jesús, pues sin importar que pasen los años, las épocas y modas, hasta hoy queda registrado en los libros el antes de Cristo (a. C.) y el después de Cristo (d. C.); eso mismo pasa en la vida aquellas personas que se vuelven hijas de Dios.

El obispo franklin Sanches mencionó en el Santo Culto pasado que, cuando la persona recibe el Espíritu Santo, pasa a ser hija de Dios y a tener fuerza, seguridad, una nueva manera de pensar y de actuar; ella cambia pues cuando el Espíritu de Dios viene sobre su vida, Él transforma todo, y así como la historia mundial fue dividida en antes y después de Cristo, la historia de una persona es transformada después de la entrada del Señor Jesús.

Todos pueden ver que su vida era una antes de que Cristo fuera parte de su vida, y otra después, no hay manera de que alguien diga que Jesús está en su vida y, a la vez, esté triste, apático y deprimido, pues «es imposible que la persona continúe siendo la misma […], porque cuando Jesús entra en la vida de alguien, se llena de vida, porque Él es la Vida», señaló.

Dios transforma todo, y eso lo deja muy en claro al mirar en la Palabra: «sino como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.» (1 Corintios 2:9).

El Señor preparó cosas extraordinarias para sus hijos, «porque Él ama a quien Lo ama», y el placer de un hijo siempre va a ser querer estar cerca de su Padre, su placer es estar en la casa de Dios, hablar con Él, leer Su Palabra, ella quiere escucharlo porque lo ama.

Entonces Dios tiene preparadas cosas maravillosas para usted, Él no quiere que sea uno más, ni que su vida sea un fracaso. Al respecto el obispo señaló: «¿qué padre siente alegría por el fracaso de sus hijos?, ¿a qué padre le gusta ver a sus hijos derrotados? Ahora, imagínese a Dios, Él quiere lo mejor para la vida de las personas, quiere lo mejor para sus hijos. Entonces para ellos, Él tiene una nueva vida preparada, una que usted ni siquiera se puede imaginar. Por eso, cuando la persona es hija de Dios, Él coloca adentro de ella la certeza de que es hija. Siendo así, como Su hijo, Dios me va a dar lo mejor, porque Él es Padre».

Todo eso ocurre solo cuando la persona entiende verdaderamente, de forma espiritual, lo que implica que Dios sea Padre, de ahí que la Palabra dice: «Pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios.» (1 Corintios 2:10). Aquí está el porqué es importante tener el Espíritu Santo, porque con Él la persona logra entender los propósitos de Dios y, por eso logra cambiar sus actitudes, su manera de pensar, sus sueños, porque el propio Espíritu Santo le revela la vida que Dios quiere para ella.

Por consiguiente, aquel que lleva una vida desordenada y quiere una vida nueva, necesita ser hijo de Dios. Si toma la decisión de entregarse a Jesús, el Espíritu Santo le dará una vida nueva, Él la va a transformar.

«Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente, de lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, combinando pensamientos espirituales con palabras espirituales.» (1 Corintios 2:11-13).

Por consiguiente, dice el obispo: «cuando mi pensamiento es cambiado por el Espíritu Santo, mis Palabras van a cambiar, no se va a escuchar derrota, porque cuando se es hijo, se pasa a tener la mente de Dios».

Con lo anterior se entiende lo que dice la Palabra de: «Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente.». (1 Corintios 2:14).

Para el hombre que aún no es hijo, todas las cosas de Dios son una locura, pero para aquel que de verdad se entregó porque entendió el valor de ser hijo, comprende que negarse a sí mismo, ser fiel, obedecer y sacrificar es necesario, porque cuando la persona es hija de Dios esas cosas no son un peso sino un placer, además de que ella sabe que todo lo que se hace para el Señor tiene una recompensa.

Entender el valor de ser hijo de Dios es una revelación que el propio Espíritu Santo proporciona, por ello la persona se lanza y prioriza ser hija antes que cualquier otra cosa, lo busca más que todo, pues sabe que una vez siendo hija, su vida va a reflejar al propio Dios; es imposible que nadie lo note, pues el Padre cambia por completo la condición de sus hijos trayendo a la existencia lo que no había, les da una vida plena.

«Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.» (1 Corintios 2:15-16).

Al tener la mente de Cristo, la persona nunca más será la misma, no habrá más fracaso, aun en las dificultades, ella siempre va a vencer porque es hija.

Siendo así, ¿qué se necesita para ser hijo de Dios?

Si ya no quiere la vida que lleva, hay que desear cambiar, para entonces entregarse, como señaló el obispo Franklin:

«Solo una cosa tiene que hacer: entregar toda su vida, cuerpo, alma y espíritu al Señor Jesucristo. Si usted se entrega a Él de cuerpo, alma y espíritu y decide obedecer a Dios, se va a volver hijo de Dios, el Espíritu Santo vendrá sobre su vida y va a tener certeza de ser hijo, usted va a tener esa fuerza interior porque el propio Dios estará dentro de su vida.

Entonces, ¿usted quiere ser hijo de Dios? Recuerde que, para esa entrega, es todo o nada, no es un pedazo de su vida; no hay término medio».

Lee también: «Si no puedo cambiar, ¿qué hago?»

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