«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto. Y este mandamiento tenemos de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano.» (1 Juan 4:20-21)
Muchos quieren ser hijos de Dios, pero para ello deben cumplir dos mandamientos: amar a Dios y al prójimo. Quien está lleno de ese amor manifiesta de manera natural el fruto del Espíritu, pues la presencia de Dios en su interior se revela mediante un amor verdadero, sin fingimiento ni interés.
Con el Espíritu Santo, ese amor ha llegado hasta nosotros, pues Él nos amó primero, y podemos compartirlo por la fe, ya que Él es la Fuente de Vida que el Señor Jesús nos ha concedido, convirtiéndonos en Sus testigos en la Tierra.
«En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros.» (Juan 13:35)
