Santo Culto: ¿Todos son hijos de Dios?

Santo Culto: ¿Todos son hijos de Dios?

Por Departamento Web

¿Todos somos hijos de Dios? No. ¿Por qué? Durante la reunión del Santo Culto del domingo 13 de septiembre, el obispo Franklin Sanches explicó que un hijo de Dios no es lo mismo que un hijo de la carne. De hecho, para ser hijo de Dios es necesario pasar por el proceso del nuevo nacimiento.

La Biblia dice: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.» (Juan 1:12-13).

El obispo Franklin detalla que nadie nace siendo hijo de Dios. En realidad, los que se entregan a Jesús, a ellos se les da el poder de ser hijos de Dios. De hecho. Los que nacen de la carne son engendrados por el hombre y la mujer, ya sea de manera voluntaria o involuntaria, con el mayor o menor cuidado, con planeación o sin planeación. Además, el hecho de que dos padres cristianos tengan un hijo no significa que será hijo de Dios.

Los hijos nacidos de Dios son niños, jóvenes y adultos engendrados por el Espíritu Santo, que, al entrar en ellos, después de estarlo buscando con todo el fervor, trae una Naturaleza Divina para la persona, haciéndola semejante a su Padre Celestial.

«Mientras una persona no tenga un encuentro con Jesús, continúa siendo hijo de la carne, del hombre. Y, por lo tanto, la persona va a tener la naturaleza del pecado», dijo el obispo.

¿Por qué muchas personas no logran cambiar? Dicen que quieren hacerlo, pero no pueden. Continúan siendo agresivas, violentas, con vicios, golpean a su pareja, piden perdón e incluso juran por Dios que van a cambiar. Pasa un día, dos, una semana…, y vuelven a caer.

De acuerdo con el obispo, esto se debe a que las personas traen consigo la naturaleza del pecado, que está en todo ser humano. «Pero, cuando la persona se entrega al Señor Jesucristo, se arrepiente de esa vida pasada, se entrega a Jesús y empieza a buscar el Espíritu Santo, entonces, Él viene sobre la persona, toma sus pensamientos, su alma y pone en ella la naturaleza de Dios. Por eso puede tener autocontrol, no vive más en el pecado.

De esa manera, logra resistir las tentaciones, empieza a tener amor por su esposa, hijos, familia, deja de ser violento, agresivo…, todo eso se acaba porque el Espíritu Santo trae la naturaleza de Dios, empieza a ser hijo de Dios», agregó.

Cuando María quedó embarazada, el ángel le dijo que el Espíritu Santo vendría sobre ella, el poder del Altísimo la cubriría con Su sombra y el Santo ser en ella será llamado Hijo de Dios. «Lo mismo que sucedió con María tiene que suceder con usted. El Espíritu Santo viene y le transforma. Él cambia su manera de pensar, de ser […], porque solo el Espíritu Santo cambia nuestra naturaleza», dijo el obispo.

Los hijos de Dios son los nacidos del agua y del Espíritu Santo, al igual que Jesús. Y esos son los que serán salvos: «Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.» (Juan 3:5).

Como regla general, el proceso del nuevo nacimiento, es decir, el nacimiento del agua y del Espíritu (Juan 3:5), sigue dos pasos: «Nacimiento del agua: se refiere a la persona que escucha la Palabra de Dios y reconoce sus errores en la vida, se arrepiente de todo su corazón y desea hacer morir sus deseos pecaminosos y, enseguida, viene el enterramiento del cuerpo pecaminoso por el bautismo en las aguas. Cuando la persona escucha la Palabra y entiende, le confiesa sus pecados a Dios. [Después, está el segundo paso], el nacimiento del Espíritu Santo: es el arrepentimiento sincero, viene la búsqueda incesante e intensa por parte de la persona hasta que descienda el Espíritu Santo sobre ella, al igual que Jesús. Solamente después de que eso suceda es que verdaderamente la persona pasa a ser Hijo(a) de Dios», definió el obispo.

Al respecto, el obispo pregunta: «¿En qué condición se encuentra usted? El simple hecho de tener una religión, de estar en una iglesia, de ser conocedor de la Biblia, no es suficiente, es necesario más que eso, hay que tener un deseo ardiente y sincero de nacer de nuevo, de recibir un nuevo corazón, pues solo así se recibe el Carácter y la Naturaleza de Dios».

Pero, para que el Espíritu Santo venga y transforme su vida ¿es gratis? «Lo es, pero tiene que sacrificar su vida y entregársela al Señor Jesús», finalizó el obispo.

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