Poniendo la casa en orden

Poniendo la casa en orden

Por Social Media

¿Cómo sucedió esto conmigo?

Molesta, conflictiva, exigente, inflexible –esa era yo como madre. Y no me veía. No pensaba ser tan «mala». Es más, la imagen que tenía de mí misma era la de buena policía. Ley y orden era mi lema.

Pero el peor error de quien no se da cuenta es que siempre encuentra una justificación para su comportamiento: «Ella necesita ser educada así o no aprenderá; tengo que tratarla de esa manera, solo yo conozco a mi hija». Sin hablar de la autoexigencia, del miedo a fallar, y del cliché «no quiero cometer el mismo error de mis padres». Mi hija aparentemente obedecía (por pura presión), no era espontáneo. Resultado: una relación unilateral, como si ella me aceptara como madre, pero por mera obligación. Como: ¿Hacer qué? ¿Alguien quiere cambiar?

Ahí fue que empecé a notar cuán insoportable era yo.

Sabe, esos momentos que parecen surrealistas… un día, después de hablar, criticar, amenazar, ¡seguí escuchando mis propias palabras resonando en mi cabeza! Como un eco de algunos segundos.

Pensé: si ya estamos viviendo en un momento de distanciamiento social que va a terminar causando una completa indiferencia en las relaciones interpersonales –aparte de las distracciones que son innumerables, y cada uno termina cerrándose en su propio mundo–, ¿imagine si usted, como sucedía conmigo, ya tiene esa tendencia natural de ser un «repelente para humanos»? ¡Se pone complicado!

Generalmente solo vemos nuestros errores cuando pasamos por situaciones nuevas, fuera de la rutina, y que revelan aquella falsa imagen que creamos, que nos impide ver quién somos realmente.

¿Cómo sucedió eso conmigo? Pasé algunos días fuera de casa, y cuando regresé, fui a tratar de poner la casa en orden. Había llovido, y las ventanas estaban sucias. Empecé por ellas. ¿Pero sabe cuando está haciendo algo con la cabeza en otro lugar? Yo estaba pensando en mí misma, y buscando entender mi comportamiento. Fue cuando miré hacia la ventana: yo ya había limpiado la parte de afuera, la que estaba visiblemente más sucia. Pero solo cuando ese lado estuvo limpio, pude ver que el lado de adentro también necesitaba ser limpiado. Ahí fue cuando «me cayó el veinte».

Solo cuando me di cuenta de que la suciedad estaba en mi interior, y traté de limpiar mi lado, fue que pude ver con claridad en qué podría ayudar a mi hija a ser limpia, libre.

Como dijo Jesús: «… saca primero la viga de tu propio ojo» (Mateo 7:5).

Solo así, nuestra relación madre e hija salió del sistema carcelario. Fue una consecuencia de mi cambio de actitud. Ella notó en mí una búsqueda constante de no acomodarme con quien soy. Nuestra relación se volvió transparente, y ahora sí, nos vemos con claridad la una a la otra. Sin condenación.

¿Cómo sucedió esto conmigo?

Molesta, conflictiva, exigente, inflexible –esa era yo como madre. Y no me veía. No pensaba ser tan «mala». Es más, la imagen que tenía de mí misma era la de buena policía. Ley y orden era mi lema.

Pero el peor error de quien no se da cuenta es que siempre encuentra una justificación para su comportamiento: «Ella necesita ser educada así o no aprenderá; tengo que tratarla de esa manera, solo yo conozco a mi hija». Sin hablar de la autoexigencia, del miedo a fallar, y del cliché «no quiero cometer el mismo error de mis padres». Mi hija aparentemente obedecía (por pura presión), no era espontáneo. Resultado: una relación unilateral, como si ella me aceptara como madre, pero por mera obligación. Como: ¿Hacer qué? ¿Alguien quiere cambiar?

Ahí fue que empecé a notar cuán insoportable era yo.

Sabe, esos momentos que parecen surrealistas… un día, después de hablar, criticar, amenazar, ¡seguí escuchando mis propias palabras resonando en mi cabeza! Como un eco de algunos segundos.

Pensé: si ya estamos viviendo en un momento de distanciamiento social que va a terminar causando una completa indiferencia en las relaciones interpersonales –aparte de las distracciones que son innumerables, y cada uno termina cerrándose en su propio mundo–, ¿imagine si usted, como sucedía conmigo, ya tiene esa tendencia natural de ser un «repelente para humanos»? ¡Se pone complicado!

Generalmente solo vemos nuestros errores cuando pasamos por situaciones nuevas, fuera de la rutina, y que revelan aquella falsa imagen que creamos, que nos impide ver quién somos realmente.

¿Cómo sucedió eso conmigo? Pasé algunos días fuera de casa, y cuando regresé, fui a tratar de poner la casa en orden. Había llovido, y las ventanas estaban sucias. Empecé por ellas. ¿Pero sabe cuando está haciendo algo con la cabeza en otro lugar? Yo estaba pensando en mí misma, y buscando entender mi comportamiento. Fue cuando miré hacia la ventana: yo ya había limpiado la parte de afuera, la que estaba visiblemente más sucia. Pero solo cuando ese lado estuvo limpio, pude ver que el lado de adentro también necesitaba ser limpiado. Ahí fue cuando «me cayó el veinte».

Solo cuando me di cuenta de que la suciedad estaba en mi interior, y traté de limpiar mi lado, fue que pude ver con claridad en qué podría ayudar a mi hija a ser limpia, libre.

Como dijo Jesús: «… saca primero la viga de tu propio ojo» (Mateo 7:5).

Solo así, nuestra relación madre e hija salió del sistema carcelario. Fue una consecuencia de mi cambio de actitud. Ella notó en mí una búsqueda constante de no acomodarme con quien soy. Nuestra relación se volvió transparente, y ahora sí, nos vemos con claridad la una a la otra. Sin condenación.

En cuanto a mis manías de ley y orden… tuve que darle una advertencia a la policía que había en mi interior. Funcionó 🙂.

  • Domingo 24 de Enero

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