Costumbres de la Biblia: Los impuestos

Costumbres de la Biblia: Los impuestos

Por Social Media

Cuando Israel no era más que un grupo nómada, aunque fuera grande, los tributos que pagaba servían para sustentar el Tabernáculo, fuera con bienes o con dinero, conforme a las instrucciones de la Ley (Deuteronomio 14:22-29 y 18:1-5).

Aun siendo un Estado soberano en formación, el pueblo israelita quería un rey. El profeta Samuel les advirtió de que eso generaría nuevos impuestos; pues mantener una corte con sus servidores era algo muy oneroso, por más simple que fuera, en cualquier Estado o Templo (1 Samuel 8). Sin embargo, el pueblo quiso un monarca que lo gobernara y lo representara en las guerras. Según las órdenes de Dios, Samuel ungió al primer rey de Israel, un joven bello en extremo, de la menor de todas las tribus, la de Benjamín (1 Samuel 9 y 10). Su nombre era Saúl.

Dos generaciones después, el rey era Salomón. El gobernante de Israel entró a la historia por su sabiduría, concedida por Dios, pero también por la opulencia, por el lujo de su corte. Ese altísimo estándar tenía un precio igual de elevado (1 Reyes 4:20-28). Él nombró 12 intendentes, responsables de recolectar los tributos del Templo. Cada uno respondería por la tribu que le correspondiera al sustento de la corte un mes del año (1 Reyes 4:17-19). Obviamente, a los contribuyentes no les gustaban los tributos pesados, lo que provocó una gran revolución después de la muerte de Salomón (1 Reyes 12:1-20), la cual dividió el reino entre Israel y Judá. Aun así, los impuestos eran pagados con bienes y dinero, en ambos reinos.

Otro tipo de impuesto —informal y nada bien visto por los pueblos de la época— era la «tasa de protección». Reyes poderosos forzaban a sus vecinos de Estados menores a pagar una cuantía para que fueran «protegidos» por el reino mayor en caso de invasiones u otras amenazas. A quien se rehusaba se le consideraba «rebelde» y el Estado de mayor poder mandaba a sus tropas para que le dieran un castigo, con consecuencias graves (confiscación, destrucción e, incluso, muertes y estupros). Aunque Israel pagó este tributo a Asiria, durante el reinado de Manahem (2 Reyes 15:19-20). Judá también pagó el mismo tipo de tasa a Egipto, cuando reinó Joacim (2 Reyes 23:33-35). Ese tipo de «impuesto» es una práctica —aún en la actualidad— de mafiosos, milicias, bandas y pandillas en varias sociedades.

Al César lo que es del César

En la época del Nuevo Testamento, los impuestos se pagaban al Imperio Romano, que dominaba por aquel entonces. Los representantes de Roma comercializaban el derecho de cobrar tasas en una región donde le pagaran mejor. Ese cobrador de impuestos, que «compraba» el cargo, recogía el dinero del pueblo, dándole la mayor parte al Imperio; luego, se quedaba con un porcentaje. Esa persona contrataba algunos recolectores de impuestos —los llamados publicanos— que cubrían una determinada área. Era una práctica común que exigieran tributos bastante altos, engordando su ganancia original y entregando la cantidad reglamentaria a Roma.

El apóstol Mateo, antes llamado Leví, era un publicano, convocado por Jesús mientras trabajaba recaudando impuestos para Herodes (Lucas 5:27-28).  Zaqueo, de Jericó (en su famosa escena entre las ramas de un árbol), era uno de esos jefes de publicanos que, tocado por la palabra de Jesús, confesó cuánto le robaba al pueblo y les restituyó cuatro veces más, además de darle la mitad de su patrimonio a los pobres (Lucas 19:1-27). Juan el Bautista les advirtió a algunos recolectores sobre la ganancia, aconsejándoles que no recaudaran más de lo estipulado por las autoridades (Lucas 3:12-13).

Los hebreos, obviamente, no simpatizaban bastante con los publicanos, poniéndolos al mismo nivel que los ladrones y prostitutas, ya que además de la extorsión, los consideraban traidores; porque servían al imperio que los tiranizaba. Algunos criticaron mucho a Jesús por andar con los recolectores de impuestos (Mateo 9:11 y 11:19), y el Mesías les respondió con altura y con la retórica que lo caracterizaba:

«Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en mi viña.” Respondiendo él, dijo: “¡No quiero!” Pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro le dijo lo mismo; y respondiendo él, dijo: “Sí, señor, voy.” Pero no fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos:

El primero.

Jesús les dijo:

De cierto os digo que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios, porque vino a vosotros Juan en camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las rameras le creyeron. Pero vosotros, aunque visteis esto, no os arrepentisteis después para creerle» (Mateo 21:28-32).

Es cierto que los impuestos deben ser pagados para la manutención del Estado, aun hoy. El propio Jesucristo mostró una posición coherente acerca de eso:

«Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderlo en alguna palabra. Y le enviaron sus discípulos junto con los herodianos, diciendo:

Maestro, sabemos que eres amante de la verdad y que enseñas con verdad el camino de Dios, y no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Está permitido dar tributo a César, o no?

Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo:

—¿Por qué me tentáis, hipócritas?

Mostradme la moneda del tributo. Ellos le presentaron un denario. 

Entonces les preguntó:

—¿De quién es esta imagen y la inscripción?

Le dijeron:

De César.

Y les dijo:

Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.

Al oír esto se maravillaron, y dejándolo, se fueron…» (Mateo 22:15-22).

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