Jesús ya pagó el precio

Jesús ya pagó el precio

Por Social Media

«Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para el SEÑOR durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis» (Éxodo 12:14).

Vivimos en un mundo en el que la codicia, la violencia y la muerte acechan a los hombres todos los días. Las personas transitan su existencia como si fueran muertos vivos. Sus vidas transcurren en la angustia de la incertidumbre. La rutina se vuelve insoportable, los problemas hacen que estén cada vez más sumidos en la desesperación.

La esperanza de una nueva vida es algo de lo que poco se habla, la mayoría aprende a conformarse con su realidad. La desesperación les gana la batalla y muchos optan por dejar de luchar tomando decisiones irreparables que destruyen sus vidas.

Dios hizo posible que el hombre pueda tener acceso a una vida bendecida y también a la vida eterna a través del sacrificio de Su Hijo. Con Su muerte y resurrección hizo que tuviéramos la posibilidad de buscarlo para alcanzar la Salvación eterna y que podamos dar testimonio de Su poder aquí en la Tierra.

La Semana Santa es un momento muy especial del año porque se conmemora el sacrificio que el Hijo de Dios hizo en la cruz, es un momento en el que se renuevan las esperanzas de los que están desesperados por una solución para sus vidas.

En su blog, el obispo Macedo se refiere a este momento del año, y explica: «La Pascua, también conocida como Pésaj en hebreo, significa literalmente “paso” (Éxodo 12:13, 23 y 27). La primera ceremonia se realizó por primera vez hace miles de años en Egipto, y es conmemorada todos los años por el pueblo judío, como recordatorio del cautiverio egipcio.

Para enfatizar la importancia de ese momento, el Altísimo se refirió a él como el principal de todos los meses. Y el cambio en la vida de los hebreos no se limitaría al calendario, sino que se trataba de una redención, el renacimiento para una nueva vida, por medio de la liberación.

La fecha era el décimo cuarto día del primer mes de Nisán (Éxodo 12:18; Levítico 23:5), exactamente en el comienzo de la primavera, período marcado por las lluvias tardías, en el comienzo de la cosecha, cuando nacían las crías del rebaño y sucedía una verdadera renovación de la vida y de la naturaleza. Mediante la Acción Divina, los hebreos abandonarían el modo antiguo de vivir y tendrían el privilegio de comenzar una nueva vida, llena de buenos frutos. En cuanto a nosotros, los cristianos, la Pascua se celebra entre marzo y abril.

En ese entonces, Egipto sufría afligido por las plagas, y antes de que llegara la décima y última de ellas, el Altísimo orientó a Moisés y a Aarón para que cada familia tomara un cordero macho, de un año de edad y sin defecto, para sacrificarlo al atardecer (Éxodo 12:1-5).

La sangre del animal debía ser rociada con hisopo en los umbrales y en los marcos de las puertas, pues les daría protección a las familias de Israel, principalmente a los primogénitos (Éxodo 12:13) El cordero inmolado no podía tener ningún hueso roto y su carne tenía que ser asada y comida por completo, acompañada por el pan sin levadura, significando la separación del pecado, de la corrupción y del mal. Otro elemento que formaba parte de la cena eran las hierbas amargas, que simbolizaban los años de sufrimiento de los israelitas en la esclavitud de Egipto (Éxodo 12:8).

Normalmente las personas están cómodas en casa y comen sin apuro, sin embargo la orden Divina era que las familias comieran la cena de la Pascua vestidos y calzados. Por su parte los jóvenes deberían estar con el cayado en las manos – todo eso era una señal de que todos estaban listos para partir. El Altísimo tiene apuro en librar y bendecir a los que Lo invocan. Pero, para experimentar el libramiento, es fundamental la obediencia a Su instrucción. (Éxodo 12:11).

Cuando el ángel de la muerte pasó a medianoche, mató a todos los primogénitos egipcios – desde el heredero del trono de Egipto al hijo mayor de los prisioneros del lugar—, además de todas las primeras crías de todos los animales – hasta los de la casa del faraón (Éxodo 12:29). Sin embargo, al ver la sangre en la puerta de los hebreos, el ángel no pudo herirlos.

Años más tarde, el Dios Padre providenció un nuevo Cordero, Su Propio Hijo, dándole un nuevo significado a la Pascua. El Señor Jesús Se convirtió en el Único “Pasaje” hacia la Salvación (Juan 1:29). Sin Él nadie llega al Padre. Esto es porque solo quien tiene Su Sangre rociada en su consciencia es purificado, revestido y lleno de paz (Hebreos 9:22). Además de eso, puede disfrutar de la seguridad, pues ningún mal puede tocarlo.

Antes de que el Señor fuera crucificado, invitó a Sus discípulos a participar de una cena. La primera Pascua dio comienzo a la nación de Israel. Sin embargo, la Pascua celebrada por el Maestro era superior y más significativa. Por medio de Su Carne y de Su Sangre nacería una nación infinitamente más grande de justificados en todo el mundo. Una nueva alianza fue hecha entre Dios y el hombre. Estaba, por lo tanto, instituida la celebración cristiana más importante y sagrada, y que debe ser conmemorada en nombre de Cristo hasta Su regreso: La Santa Cena (Lucas 22:14-20).

El Señor Jesús fue preso y crucificado exactamente en el mes de Nisán, durante la semana de fiesta, conforme está escrito:
“Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta.”
(Juan 19:14). Él era el Cordero pascual definitivo, inmolado por Dios, según como la Ley lo determinaba: Macho y Perfecto (Éxodo 12:15; 1 Pedro 1:19); toda Su Sangre haría expiación (Juan 19:34); Su Carne serviría de alimento ante el amargo sufrimiento (Juan 19:29-30), y ninguno de Sus huesos sería roto (Juan 19:33). Él cumplió con toda la Palabra —sufrió, murió y revivió, ¡pues resucitó! Esa es la mayor noticia que la humanidad podría recibir.

En el éxodo de los hebreos hubo liberación física, sin embargo el éxodo de nuestros días promueve la mayor liberación de todas —la espiritual. Todo el que se entrega al Señor Jesús, en obediencia, comienza una nueva historia. El pasado de sufrimiento es solo un recuerdo. De ahí en adelante, hubo un nuevo calendario, una nueva vida y nuevas oportunidades.

Nuestros días en este mundo pueden ser pocos o muchos, nadie lo sabe con certeza. De una cosa, sin embargo, se puede estar seguro: es necesario estar preparados todo el tiempo —vivir separados del pecado, vestidos de la Salvación y revestidos con la Sangre preciosa del Cordero rociada en nuestras almas. Solamente así podemos escapar de la condenación eterna».

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