¡Yo no concuerdo!

¡Yo no concuerdo!

Por Departamento Web

Si usted lo nota bien, cada década tiene sus costumbres. Algunas tendencias vienen tan fuertes que sus efectos son como los de las olas gigantes: pasan los años, y las personas continúan hablando sobre eso. Es el caso de la Beatlemanía y el feminismo.

Hoy estamos en la época del culto al cuerpo, por eso, hay personas que pasan muchas horas en el gimnasio todos los días, toman esteroides o se entregan a procedimientos quirúrgicos arriesgados. A final de cuentas, para muchas, todo vale para “sentirse bien consigo mismas”.

Pero existe otra ola en esta década que, lamentablemente, da señales de que continuará así durante muchos años: la necesidad de opinar sobre todo.

El ser humano llegó a un nivel en el que parece que solo existe, o se vuelve visible, si opina sobre todo lo que ve o escucha, aún sin entender nada sobre el tema.

Además de eso, esa moda tiene un agravante: discrepar. No fueron pocas las veces en que vi a las personas estando en desacuerdo con textos o simples publicaciones sin al menos haberse dado a la tarea de llegar al final de la lectura. Pero hacen eso por el simple placer de oponerse y autoafirmarse.

Solo que este comportamiento no se detiene ahí. Por detrás de una computadora o de las teclas de un celular, hay quienes encuentran el “valor” para decir barbaridades que, cara a cara, difícilmente dirían. Personas que vieron en internet la oportunidad de huir de la responsabilidad, por eso insultan, agreden, juzgan, humillan, mienten, difunden rumores y le dan rienda suelta a todo tipo de maldad.

Creo que se trata de frustración, odio y tristeza almacenados en el alma, a fin de impulsar a la persona a tener tantas groserías e insensibilidad.

Peor que después de «vomitar opiniones» donde ni se pidieron, no hay siquiera un pequeño indicio de arrepentimiento o de retractación. En esos momentos, pienso que pertenezco a otra generación, ja, ja. Hace mucho, un simple choque con otra persona generaba un pedido de disculpas para remediar lo sucedido. Hoy, la consciencia de las personas está tan cauterizada que virtudes como la reflexión, la prudencia y la discreción se transformaron en defectos.

No pienso que el camino para demostrar autoconfianza sea difundir mis opiniones en los cuatro rincones del planeta. Y para eso vale gritar, discutir, ser excesivo, ofensivo o tener cualquier conducta semejante.

No siempre lo que pensamos o sentimos corresponde a la realidad y merece ser dicho. Podemos estar equivocados por nuestras propias percepciones o por comentarios de terceros, por eso la cautela y el sentido común solo le hacen bien a la vida.

¡Nos vemos la próxima semana!

Por Núbia Siqueira

La psicóloga que tenía depresión

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